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Trofeos de guerra

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Ana Cristina Restrepo Jiménez
06 de septiembre de 2026 - 05:05 a. m.
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En 1944, un congresista del partido demócrata, Francis E. Walter, le regaló a Franklin Delano Roosevelt un abrecartas tallado en el hueso del brazo de un soldado japonés. El presidente de Estados Unidos devolvió el «detalle» y exigió su debida sepultura.

El 22 de mayo de ese año, la revista Life publicó la imagen de una joven contemplando un cráneo japonés que le había enviado su novio, militar activo en las operaciones en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Un mes después, el Ejército de Estados Unidos publicó una circular que señalaba que «el maltrato de los muertos en combate enemigos es una violación flagrante del Convenio de Ginebra de 1929 sobre Enfermos y Heridos».

El periodista Winfield Townley Scott escribió un poema inspirado en un marinero estadounidense que llegó a su sala de redacción con una calavera japonesa:

«Sin cuerpo, sin carne, sin nombre, esto y el sol

Se ofenden mutuamente en extraña fascinación

Como si uno de los dos fuera objeto de burla; pero nada hay en

Esta cabeza, ni se llena con lo que otro imagine».

Más cerca en la geografía, aunque más lejos en el tiempo, en el valle de Nazca, el hallazgo de una cabeza cercenada del siglo I d. C. llevó a los antropólogos a analizar las prácticas violentas desde los imaginarios religiosos y las expresiones de poder: «[…] las políticas de violencia física (coercitivas) que ejerció esta sociedad muchas veces encubiertas por el velo ideológico (religioso), con el fin de legitimar el orden social y político en la región», escribió el arqueólogo Juan Carlos de la Torre.

¿Pretéritos tiempos salvajes? ¿Castigos divinos?

Azarías –que significa «Yahvé ha ayudado»– es el nombre bíblico de la operación militar desarrollada en el Guaviare en la cual fueron abatidos veintitrés delincuentes de las disidencias de Iván Mordisco. En las imágenes publicadas, el presidente Abelardo de la Espriella camina entre muertos cubiertos con sábanas.

¿Cuáles normas infringe «El Tigre» mientras exhibe sus trofeos de guerra –incluido el de su tocayo de alias, cabecilla de la estructura Carolina Ramírez–?

La Norma 115 del Derecho Internacional Humanitario consuetudinario se refiere a la inhumación de las personas fallecidas: «Los muertos serán inhumados respetuosamente y sus tumbas respetadas y mantenidas debidamente». Esta directriz surge de los Convenios de Ginebra de 1929, y es detallada en 1949. La inhumación digna en los conflictos armados no internacionales figura en el Protocolo Adicional II. En el plano local, el Consejo de Estado estableció en 1995 que los muertos deben ser enterrados individualmente de acuerdo con las condiciones que establece el derecho.

Combatientes y no combatientes merecen un trato digno –en vida y muerte–, independiente de que ellos lo hayan o no dispensado a los demás.

¿Cómo hablar de la «entrega digna» de un cuerpo a una familia después de ser exhibido como trofeo de guerra? ¿De dónde va a sacar fuerza una madre para reclamar a su hijo si fue públicamente expuesto como guerrillero? ¿Cómo afrontar la estigmatización que trae ser señalado como familiar de un delincuente?

Si nadie reclama algunos cuerpos por las razones recién expuestas, ¿cómo celebrar un rito acorde con la religión y las tradiciones de la persona muerta?

Ya sabemos que al presidente le gusta exhibir. Y esta semana ha sido de pasarela.

Las cabezas de periodistas también forman parte de la lista de trofeos. Me pregunto en qué parte de su «biblioteca» ordenará los cráneos que le envíen sus guerreros. Y cuál revista publicará su foto contemplándolos.

Ni un minuto de silencio por la libertad de prensa en Colombia.

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LIA PATRICIA BETANCUR ESCOBAR(cwfvn)Hace 32 minutos
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