Yo sé muy bien qué hijo fue el que crie, el hombre que crie para el mañana.
La mamá es la que se echa al hombro la búsqueda de un hijo cuando es desaparecido, el papá y los hermanos no se involucran mucho. Buscar destruye la vida familiar. Cómo será que en una entrevista mis hijos respondieron que no solo habían perdido a un hermano, que también me habían perdido a mí, «la mamá no salía de la casa, ahora siempre está en la calle», me echan cantaleta, que el hijo desaparecido ya no está, que en cambio ellos sí existen, que siguen aquí.
Mis hijos no escogieron esto.
¿Cuántas veces me tocó estar a las 6 am en la Fiscalía, lista para coger el monte a buscar? Como madres buscadoras ahora tenemos otro rol, aunque no siempre logremos cumplirlo por la lejanía o por las enfermedades. ¡Me pesa mover estos pies!
En Justicia y Paz le pregunté a Don Berna por mi muchacho, me respondió que les había ordenado a sus hombres «hacerle a esa gente todo lo que quisieran». Esa gente —nosotros— no tenía nada qué ver con esa guerra que nos arrancó los hijos, esposos, hermanos, tíos; que nos arrebató la casa; que nos desplazó a donde nadie nos conocía; que nos dejó sin trabajo a unas, y a otras nos obligó a buscar el pan afuera del rancho. Las operaciones militares como Mariscal y Orión también desaparecieron los paseos y los sancochos en La Escombrera, nos encerraron entre cuatro paredes. Yo solo lloraba. Veía televisión. Miraba la Comuna 13 desde mi balcón.
A los jóvenes los estigmatizaban, nadie los contrataba, rechazaban a los niños que llegaban desplazados a escuelas de otros barrios; no andaban la calle como manda la adolescencia porque los tildaban de milicianos, su delito era ser pobres y vivir en una zona estratégica para los criminales, ¡la misma Fiscalía se preguntaba si los desaparecidos serían guerrilleros!
Mi hijo, desaparecido hace veinticuatro años, no escogió esto.
Las milicias se asentaron en la 13 por el abandono estatal. El alcalde de esa época, Luis Pérez; el presidente, Álvaro Uribe; la ministra de Defensa, Marta Lucía Ramírez, y los comandantes Mario Montoya y Leonardo Gallego, crearon una narrativa de odio contra los habitantes de la comuna. «Milicianos», «colaboradores de la guerrilla», «terroristas», «enemigos», tanto odio se convirtió en alianzas con paramilitares, homicidios, desapariciones forzadas, ejecuciones de civiles, desplazamiento forzado, detenciones ilegales.
Dichas incursiones militares urbanas no operaban bajo la lógica de los civiles presentados como bajas en combate, los 7837 falsos positivos buscaban visibilidad, mostrar resultados intercambiables por beneficios para los uniformados. Por el contrario, el despliegue bélico en la Comuna 13 pretendía ocultar cualquier rastro que delatara la consolidación del dominio territorial del Bloque Cacique Nutibara. Carlos Mauricio Rojas Martínez, del GAULA, dijo ante la Jurisdicción Especial para la Paz que escarbar y sacar muertos no representaba nada para él, y confesó que, si en el Ejército le hubieran dicho que encontrar una fosa era un resultado operacional, «¡Uy, yo le hubiera puesto más atención!», así lo dijo, tal cual.
Yo no escogí esto. Las buscadoras no escogimos esto.
Cuesta dimensionar la angustia de una niña de nueve años que, en el lugar seguro que es su hogar, se refugia en su madre: «Yo no escogí esto, mamá». Un abismo separa la maternidad como acto político de resistencia de la maternidad como teatro de la política electoral.
Esta columna compila fragmentos de diversos testimonios de buscadoras de la Comuna 13 y de defensoras de derechos humanos (Grupo Interdisciplinario por los Derechos Humanos, Corporación Jurídica Libertad e Instituto Popular de Capacitación) ante la JEP. Museo Casa de la Memoria, Medellín, mayo 7-8 de 2026.