El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Cuatro inspiradores

Ana María Cano Posada

19 de febrero de 2009 - 08:34 p. m.

DE LOS INGREDIENTES DE LOS QUE está hecho el menú periodístico diario está comprobado que no puede salir un plato suculento o al menos inspirador, con un sabor que necesitaríamos todos para adobar la vida cotidiana de un encanto que no tenga que provenir de nuestra particular manera de inventarnos en lo privado, sino de otro asombro que compartamos en la órbita de lo público.

PUBLICIDAD

Como en el país damos vueltas como una noria cerrera y vamos estrechando el círculo en torno a los antihéroes, a los antagonistas, a los consabidos voceros que siempre hablan evitando decir algo, hay que mirar afuera y surtirse de acontecimientos y personajes que le den a la pobre zarzuela nacional una densidad distinta al hervor desabrido que nos apuramos a falta de algo apetecible.

A tan pobres fuentes acude el periodismo todos los días que adolece de una fuente de inspiración. De inspiradores. La realidad aparece cada vez más rampante y los modos de retratarla cada vez más pedestres, los protagonistas más prosaicos y el rasero para medirlos cada vez más bajo. Los H.H. o los DMG o los que llenan las páginas judiciales, de política, de economía, hacen mirar para el suelo cada vez más, y menos para lejos, para el futuro y el presente que pudiéramos merecer si lo trabajáramos.

Por esto han caído como rocío, en este comienzo de año, celebraciones que nos sacan de la desteñida órbita nacional. Comenzamos con embarcarnos en el año de la astronomía por cuenta de que hace 400 años Galileo, ese inconforme al que la medicina le pareció demasiado obediente para su gusto y tras meterse a las mediciones, a las matemáticas, a lo dicho por Copérnico y a lo que podía contradecir a Aristóteles sobre el centro del universo, miró con detenimiento el anteojo que llegaba a Italia en 1609 y a partir de la distorsión y de los lentes venecianos consiguió hacer los primeros telescopios; primero aumentó 9 veces el tamaño de los objetos y luego 30 veces, hasta dar un giro a la ciencia y a la humanidad que todavía estamos asimilando.

Después llegaron los dos cumpleaños de 200 años. Dos insatisfechos que hicieron ver lo que no se había visto. Charles Darwin recorrió el mundo para definir el origen común de las especies y deslindarlo de las fábulas de las que había estado prendido siglos. La evolución como una carrera por la superioridad de las especie les estorbó tanto a los ortodoxos como les había fastidiado en su momento Galileo en Padua, donde enseñaba a dudar de lo que se daba por hecho. Este Darwin que miró a los animales con afinidad, nació el mismo año que Edgar Poe, el uno en Inglaterra y el otro en Estados Unidos. Este niño se llamó Allen por el apellido del negociante que fue su padrino para reemplazar a los papás actores que se le murieron pronto a este genio. No se imaginaba el simbolismo, el surrealismo, la literatura gótica, los relatos de terror y el suspenso, lo que iba a ser capaz de crear este romántico con sólo 40 años vividos. Poe dio una vuelta definitiva a la literatura. Y reciente pero eterno, Julio Cortázar: 25 años hace que murió y sigue hablándoles a otras generaciones sobre el invento de las palabras libres, las que crean un mundo imaginado que luce real. Cuatro homenajes a cuatro seres únicos, que abonan la idea de que la hecatombe no es un desenlace obligado.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.