Un intelectual hecho para su época. Uno capaz de formularse todas las preguntas después de doctorarse sobre Tomás de Aquino. Luego de haber conocido la fe católica de los curas salesianos fue llegando al estado laico en el que terminó sus 84 años.
Abonó cientos de cátedras, tribunas, columnas, ensayos, discursos, y tomó la cultura de los medios como algo que no podía abandonar a su suerte. De los cómics al suspenso, del medioevo a la filología, Umberto Eco hizo preguntas y alentó la curiosidad para no dejar quieto el diálogo. Un filósofo encarnado capaz como escritor de aplicar su erudición como una amable pasión por el conocimiento sin ser pedante.
En 1980 logró con El nombre de la rosa la extensa cosecha de lectores al reunir un argumento construido con claves de Sherlock Holmes pero ambientado en el medioevo, en un convento con atmósfera contagiosa para no desprenderse de la lectura. Fue un relato popular de la era de la globalización, de los que en su tiempo hicieron Dumas o Dickens pero este con más de 30 millones de libros en el mundo. Y es que Holmes y Eco eran expertos en leer signos y por eso descifraban enigmas y despejaban hipótesis falsas. Y desde antes en 1965 el profesor Eco había logrado una resonancia cuando lanzó la teoría de los Apocalípticos y los Integrados al referirse a la cultura creada por los medios de comunicación: su diferencia con la cultura del arte y las características que hacen significativas las huellas distraídas que imprimen los medios de comunicación en la sociedad contemporánea.
No tuvo prejuicios ante ningún tema; hizo una novela sobre cómics encontrados en un desván de su infancia (La misteriosa llama de la reina Loana), una fábula sobre una isla (La isla del día antes) y la teoría de la conspiración desarrollada, quienes han buscado el conocimiento secreto y todos desconfían entre sí (El péndulo de Foucault). Su literatura avanzó paralela a la academia y se nutrió de ella. Treinta años después escribió otra novela sobre un impostor (El cementerio de Praga) y antes de morir escribió una lección última sobre el periodismo y sus vacíos (Número cero) con una trama en la que la prensa se usa para el chantaje. Y en el entretanto los ensayos esclarecedores sobre escritura e imágenes.
Umberto Eco fue un humanista que armaba el rompecabezas del conocimiento y que no temió trabajar en un programa de televisión con Gianni Vattimo, otro filósofo, para divulgar la cultura a través de la RAI canal público italiano de televisión. Sus papás eran comerciantes y vivieron en Piamonte, donde Eco nació en 1932. Por eso su sencillez y humildad al no dejar de buscar ni de comunicar sus hallazgos, como si a pesar de sus 40 doctorados honoris causa, siguiera siendo el vecino de su cuadra para hacer pública su comprensión de las cosas.
La generosidad de su conocimiento la testimonian sus alumnos y traductores, lo mismo que su animadversión por el lugar común y la preocupación por internet como el acceso a la mentira y a la estupidez colectiva, o por la tarea incumplida del periodismo de preservar la sociedad, plantear temas relevantes y desenmascarar mentiras.
“Huye, Adso, de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes de la propia, y a veces en lugar de la propia”, dice Eco en El nombre de la rosa. Ahora su obra se leerá como el compendio de una mirada de época hecha desde todos los ángulos con agudeza.