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NINGÚN MEDIO HA PENSADO tanto su sentido y su condición como lo escrito. El más antiguo es el que ahora tiene más exigencias. Una visible transformación ha abarcado a muchos periódicos en el mundo en los últimos años.
Los lectores, que han dejado la inmediatez a la internet y a la televisión o la radio, han encontrado en lo impreso una escogencia creíble sobre aquel vértigo de cosas que ocurren y que les llegan indiscriminadas. Por eso la renovación que han tenido los hábitos de lectura y el uso del periódico para encontrar en la interpretación, y en su presentación, la diferencia del escueto registro de hechos.
Ocurrió ya en Europa una enorme oleada de transformación de antiguos diarios como The Times, que con 200 años llegó a la opción del tabloide europeo. Y ese ha sido el tamaño para El País de España, o para The Guardian en Londres; también Le Monde y Liberation en París y La Reppublica en Italia. Y en América Latina, Página 12 en Argentina y La Jornada en México. Es la condensación del espacio gráfico en una superficie que hace el diseño más evidente y renuncia a la sábana, al tamaño universal de periódicos que llegaron a tener ocho columnas de ancho y más de 60 centímetros de largo.
El Espectador para su nueva época de diario adopta el tabloide y su concepto visual como acercamiento y facilidad para la lectura, pero a la vez como un propósito enfocado de contenido. El rejuvenecimiento corresponde a un periódico contemporáneo con aire de revista que en la primera página busca el carácter de portada, que hace de la fotografía, la ilustración y la caricatura, o los gráficos, aliados de la presentación en la información y de la organización de temas en el recorrido del lector. La plana del tabloide está expuesta por completo a los ojos y la publicidad se ve más definida sobre el resto del contenido.
En Colombia no ha habido experiencias recientes en este formato que es ahora la tendencia mundial de prensa escrita, a excepción de experimentos de medios populares como Hoy, Quiubo o La Chiva, que han tratado de abrir el consumo de lectura a otros públicos con recursos sensacionalistas.
