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Este arte en pie

Ana María Cano Posada

19 de noviembre de 2009 - 09:35 p. m.

EL ARTE SE HA TOMADO LA GUERRA por obra. Aunque hasta ahora lo hace más con intención de contribuir con una sociedad sobrepasada por los gestos violentos, que por hacer verdaderamente arte, es notorio su carácter anticipatorio.

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En los salones nacionales, en las exposiciones del registro artístico que hacen las víctimas de la violencia que les ha tocado y en las grandes recuperaciones realizadas por museos, artistas, curadores y críticos a través de medios casi etnográficos, muestran un nuevo concepto comprometido con la realidad impuesto en el arte colombiano. Un realismo no visible para los ciudadanos a través de los medios de comunicación pero que se ha implantado en este nuevo registro visual de lo padecido.

El arte ha ido hasta las comunidades despojadas por la violencia y ha transformado a la vez al artista, a las víctimas y al resultado artístico, al producir más que una obra, un vestigio. En Medellín existen varias experiencias: talleres de escritura con seres violentados han dado lugar a dos libros en los que reconstruyen su ánimo y su memoria con una periodista, Patricia Nieto, que ha acompañado esas incursiones en el alma y en las palabras para dar impulso a lo que aparece. En la galería del Colombo Americano, el curador Juan Alberto Gaviria ha hecho intercambio de artistas extranjeros para trabajar en los barrios más difíciles hasta construir obras y colectivos que vuelven el arte un hábito, y también comprometen al artista con su descubrimiento de esta otra realidad. Es notable la recuperación hecha por el Museo de Antioquia en 2008 llamada “Memorias, destierro y reparación”, donde los artistas y las víctimas hicieron para el espectador el recorrido por el país señalado, produciéndole una sensibilización sobre la presencia de la violencia en la vida cotidiana. Este tema de investigación visual de la guerra tiene un registro de años del fotógrafo Jesús Abad Colorado que ha servido para ponerle ojos a la muerte, igual de cruel en cada frente: el paramilitar, el guerrillero, el militar y en especial el indefenso civil. Libia Posada sigue un itinerario de las huellas violentas en su obra.

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Este año los Salones Nacionales incluyen investigación artística sobre hallazgos y transformaciones de los efectos de abusos cometidos. Los artistas han buscado establecerse en esta realidad de este tiempo que les marca un sentido para no ser inútiles ni ciegos como testigos de lo que pasa. Todo esto habla de una urgencia de ocuparse de lo que es invisible a los ojos de la normalidad aparente, de la política, de la economía o de los medios que pueden actuar como normalizadores de esta anormalidad.

En el exterior, Doris Salcedo da sus silenciosos gritos con grietas y sillas que trepan; en Bogotá, los colombarios de Beatriz González en las lápidas del Cementerio Central, son una invocación; en el Mambo, “La guerra que no hemos visto” es el primer plano de protagonistas hecho con todo su conocido dolor; en la Galería Sextante las lápidas de los NN adoptados en Puerto Berrío por la comunidad y registrados por Juan Manuel Echavarría, sacuden. Son signos de lo inocultable que alcanza primero al arte y traen los rumores de guerra ante oídos sordos. Falta alcanzar la sumatoria que llegó a ser emblemática en el Guernica de Picasso sobre la horrible Guerra Civil española. Pero por ahora el arte colombiano se pone en pie para contar al mundo lo que nos pasa encima impune como una aplanadora y habla a nombre de la desbordada sociedad que no encuentra canales para expresarse.

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