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La visión de Víctor

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Ana María Cano Posada
27 de febrero de 2009 - 04:00 a. m.
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QUE EL CINE SE PARECE A LA VIDA. Que iba a ser capaz de vivir buscando por todos los pliegues, detrás de una cámara, para descubrir el malestar que fue su primera sensación de estar vivo.

Un ser sensible al que la soledad y la poesía lo asistieron en la adolescencia y que ha llegado a ser en 30 años de trabajo sin tregua el más representativo y coherente director de cine colombiano. Uno que no ha parado de ser realista, natural y duro en plantear los dobleces morales de esta sociedad violenta en la que vive y de la que confiesa no se quiere perder minuto.

Su punto de quiebre, en lo personal, fue haber visto la separación de sus papás siendo un muchacho y el mirar a su papá médico que filmaba con persistencia a su familia para, al presentarla, poderse ver entre ellos mismos con ojos más distantes. Mientras por el lado social, cuando crecía, el quiebre vino de presenciar la trasformación del Medellín de barrio quieto en los años 50 y 60, al fragor de una lucha de drogas, plata y contravalores, donde todo se puso patas arriba.

El entonces estudiante de psicología, premiado como poeta a los 20 años, había abrevado del cine alemán y del conocimiento de Luis Alberto Álvarez, el sabio comentarista de cine, y de mantenerse en cineclubes, en concursos de documentalistas al amparo de un lugar de culto como El Subterráneo, hechos que destinaron a Víctor Gaviria a ser un agudo testigo de la realidad que nos asaltaba y que buscábamos evitar por todos los medios. No hay premio con el que su carrera y talento no haya sido reconocido: los más recientes son un homenaje en el Festival de Cine de Guadalajara con una muestra completa de su obra y una medalla al mérito cultural en Colombia.

Víctor Gaviria vive imperturbable esas atenciones porque su ocupación es levantar actas de todo cuanto acopia en el desasosiego de estar vivo en medio del descuaderne. Sangre Negra, el proverbial bandido al que toma como punto de entrada a la violencia de los 50, es su nuevo proyecto ya rodado. Y así vendrán uno tras otro, muchos más donde la insoportable fiesta de la sangre en Colombia exponga sus rasgos característicos. Tampoco cesa de escribir poesía, porque para las palabras está dotado tanto como para las imágenes. Su tono poético es intimista, contiene esa sinceridad (también presente en sus películas) que casa de inmediato con el lector que quiera descubrirse ante sus poemas. Él cuenta que hace un diario como una expiación.

La celebración de estar vivo la convoca casi todos los días con amigos o con quien esté trabajando, porque está convencido de que en el desafuero “se olvida de la muerte”. No habría podido vivir de no encontrar en el arte un conjuro al miedo y a la pulsión de huir: allí consigue trasmutar esta materia en bruto en un gran fresco social, con muchos detalles de imágenes profusas, para que el infierno al que hemos descendido se conozca y tenga consecuencias más permanentes que las de la política o la ley. Conciso lugar el que ocupa, es consistente en encarar un país azotado por el olvido, por los prejuicios y los odios menudos. Afortunado hecho que un lúcido artista refleje y desdoble minucioso a Colombia. Y que tenga un dejo de esperanza, apenas audible. Igual que su tono de voz sin énfasis, pero sus frases golpean donde es. Y en la conversación suelta su risa infantil que conserva como la inocencia: hecha de un asombro al que no desactivan los prejuicios, el tedio ni el cinismo que rondan. 30 años lleva como artista adolescente, ya maduro. Víctor Gaviria, un colombiano útil, preciso.

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