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Leer o desaparecer

Ana María Cano Posada

28 de enero de 2010 - 09:17 p. m.

HAN CRECIDO EN DIVERSIDAD Y NÚmero las mascotas electrónicas para adultos. Los diseñadores de productos se han dado cuenta de lo fácil que es producir hábitos y adicciones.

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No puede creerse cuando en una reunión social todos sacan su aparatico y leen y escriben como si estuvieran al tiempo en muchas partes. Para quienes no tienen los ojos fijos en una pantalla, la sensación es como si desaparecieran de la escena, como si sobraran, o como si nunca hubieran estado. La presencia se hace cada vez más difusa ahora. Además, porque la nueva identidad está fabricada de esa puesta en escena que es la vitrina en internet, donde los datos, las fotografías, los estatus y la conexión exponencial con otros contactos forman un mundo paralelo que hace palidecer al real. Para poder nutrir ese escenario con su dramaturgia y sus personajes siempre felices y rebosantes, hay que buscar momentos de brevísimo intercambio personal donde aparezcan la utilería y el reparto deseables para dejar constancia pública de estar y ser contado en ese mundo donde desaparecer o ser ignorado es fatal, como la muerte social.

Para que los adictos no se separen del álbum de caras al que se mantienen pegados, también les dan su granja para que puedan ocupar su ansiedad de teclear. Pero íbamos a una velocidad predecible hasta cuando encontraron cómo convertir el chat manual y permanente para todos aquellos que habían entrado al tecladito negro que mantenía sus correos electrónicos en tiempo real. Es fácil asociar esta cosecha con los tiempos en que a los niños les enviaron una maldición de mascota electrónica llamada Tamagotchi, que sufría síndrome de abandono y había que tenerla alimentada, cuidada, dormida, limpia y que podía morir por desatención en cualquier descuido de su paciente dueño. Sólo que entonces no podían establecer la red de conexiones infinitas que ahora los adultos alcanzan con sus mascotas igual de demandantes.

Lo que viene detrás son lectores que se multiplican a velocidades proporcionales a la cantidad de aparatos creados sobre la escritura y la lectura. No veo por qué siguen alzando su réquiem quienes piensan que van en retirada los adoradores de las letras, porque lo que se ve es que sin ellas este mundo de filigrana de conexiones es inconcebible. Y a todo este entramado se añaden los Kindles, libros electrónicos que buscan devoradores de letras y los seguidores de blogs y de twitters que mantienen su mirada fija en lecturas instantáneas.

Los escritores de oficio, los de largo aliento, los que están por encima de los instrumentos en los que leen los nuevos lectores, tienen a su haber dos certezas: que el mundo de las adicciones ha crecido y que algunas tienen que ver con la lectura y la escritura en primera persona, en esta especie de reality colectivo en el que está enfrascada la sociedad al terminar la primera década del siglo 21. Algo tiene que pasar no sólo con los pulgares que se hacen cada vez más diestros, sino también con los escritores que alimentan el volumen de contenidos para estos aparatos que desechan todo escondrijo y cualquier silencio.

No podrán compararse los escritores de libros con los que adiestran su mente conectada a sus dedos en un chat, pero en algún cruce intermedio tendrán que encontrarse. Si la lectura y sus modalidades crecen a la par de los instrumentos para leer, el conocimiento o la poesía no podrán estar del todo y definitivamente ausentes en este convite. Si admitimos la ley de probabilidades…

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