Hace poco en un comedor de un hostal de Providencia, huéspedes alemanes, franceses e ingleses miraban obligados al desayuno un programa televisivo de esos con el que los canales nacionales arrancan el día con comentarios, lágrimas, enfermedades y disparates en este país que, visto a través de su televisión, es aún más incomprensible para quien no haya crecido en él.
Los extranjeros, de 30 a 40 años, no parpadeaban ni entendían qué anunciaban con tanto gesto los presentadores, pero se les veía en los ojos extrañados el absurdo plato visual que les sirvieron a la fuerza y temprano a la mesa.
Y eso que se ahorraron el patético noticiero del medio día y el capo o el cantante que en la noche saturan el repertorio de malandros que brincan de las noticias y pasan al melodrama para ocupar el gran sitial en la memoria colectiva colombiana poblada de fantasmas.
Por eso resulta raro que en los últimos meses una serie haya marcado la diferencia a tanta superproducción de mafia con un buen resultado de sintonía. No salió de prontuarios sino de explorar la cultura popular, de rescatar dichos, personajes y paisajes, en torno a dos fogosas mujeres que construyeron entre el pueblo y la ciudad una música propia y exagerada, guasca, en el límite de la picaresca. Ellas son (en la serie y en la realidad), las hermanitas Calle, una arqueología rural del despecho local.
El país que reconstruye la serie es un país que está en el olvido. Uno donde en vez de la malicia y la ambición actuales están la picardía, la persistencia y la recursividad; con una idea de familia muy acatada, hoy en completo desuso. Para este museo de costumbres, ahondaron en un reparto de personajes que retratan la vida de un pueblo de los años 60 hasta desembocar en la ciudad en los 80. El acierto en el vestuario, en los objetos (automóviles, electrodomésticos y decoración), sumados a un lenguaje cotidiano chispeante en giros, anterior al allanado por el parce, que está cosido de insultos y rematado por un empobrecimiento inaudito, Las hermanitas Calle impusieron su lenguaje coloquial como de Tomás Carrasquilla. Luis Alberto Restrepo, su director, y los actores, jóvenes casi todos, hicieron de la serie una temporada de liviandad por fuera de la sobrecarga monotemática nacional, una refrescante manera de mostrar que no siempre hemos tratado de ser otros distintos a quienes somos de origen.
Esta diferencia en la televisión colombiana ha hecho rancho aparte con talentos del melodrama que han encontrado en la cantera local y cotidiana algunas joyas. Café y Betty la fea, de Fernando Gaitán, alcanzaron audiencias impensables. Puestas en escena de Pepe Sánchez llenaron horas con historias reconocibles; algunas comedias acuñaron personajes como Yo y tú y Don Chinche. Series de Cenpro Televisión: Décimo grado, Francisco el matemático, De pies a cabeza, Tiempos difíciles, en cada capítulo exponían una encrucijada de la vida cotidiana sin complejidad con personajes reales que entablaban diálogos creíbles.
Son estas escasas producciones en la televisión colombiana hechas con cuidado, donde el término entretención no se concibe como distracción sino como algo que contiene genuino interés, las que pueden tentar al televidente despierto que hoy busca afuera lo que no encuentra aquí. Nuevas audiencias que marcan una distancia con este enorme relleno de miserias diversas con el que la televisión colombiana copa las horas en lugares públicos y privados, mientras algunos espectadores todavía quedan cautivos ante semejante plato de sobras.