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Ana María Cano Posada
19 de junio de 2009 - 01:12 a. m.
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POCAS COSAS PRODUCEN UNA RABIA menuda como un columnista que en medio del recalentamiento local que padece Colombia, decide apartarse del monotema para recrear sus vacaciones…

Pues bien, eso que detesto como lectora, es lo que voy a hacer en este momento. Para evitar malestares sugiero “al improbable lector” como dice un articulista magnífico, que se aparte y quedamos de amigos.

El tema es peregrino, como este junio de verano incierto en Nueva York. Propongo un juego de siete semejanzas y diferencias entre París y Nueva York (van a ser más). Si no alcanza el espacio, acudiré a la paciencia de mis editores de El Espectador, para continuar en la columna que sigue.

Es bien simple. Estas dos ciudades han querido romperle el corazón al mundo para reinar como la más amada por el mayor número de humanos posible. Y lo han logrado, cada una a su manera. Por eso padecen celos y desconfían una de la otra y rivalizan en una competencia de la que salimos ganando todos sus adoradores irrestrictos, hasta el punto de poner cada caso más alto y derrotar de paso a otras advenedizas que pretendan colarse en este juego de grandes ligas citadinas… ¡Dubai fuera!…

Nueva York y París han recibido un tributo en el cine como ninguna otra. Los clásicos: Manhattan, donde Woody Allen se rinde ante los pies de ese sueño en blanco y negro con Gershwin de fondo adornado con los juegos pirotécnicos más recordados. Por su lado Bertolucci hace honor al talante francés al hacer el más intimista clásico del erotismo con Marlon Brando y María Schneider en una pareja desigual pero soberbia en humanidad en El último tango en París con el saxofón del Gato Barbieri al fondo.

La una tiene corazón de parque y la otra de río. La adrenalina que les corre a chorros a ambas está representada en las sirenas de la policía parisina que día y noche aúllan como en las películas francesas, mientras en las calles neoyorquinas reinan los bomberos, con su sonido bronco, como de juguete gigante, que alza del piso al que esté por delante… (remember el 9/11, ellos fueron los héroes).

Las dos se parecen en sus habitantes locales traumatizados por tener que compartir una ciudad hermosa plagada de turistas siempre, que van a ritmo opuesto del que tienen los que viven allí; santuarios constantes en donde la divinidad adorada por millones de peregrinos es la misma ciudad donde eligieron vivir… Quién los manda a estar ahí pues, y a contestar feo a todo el que no hable, se vista, camine, coma y vaya a mil como estas víctimas de la explotación citadina de su metrópolis.

Sus metros se oponen: mientras el de París tiene una unidad semiológica en los baldosines blancos, los letreros azules con marco dorado, todos iguales y con aquellas bóvedas fabulosas que la publicidad francesa es capaz de aprovechar con un garbo exquisito. Mientras, el de Nueva York es un metro desangelado, irregular, poblado de marginados y de olores, con uno que otro espectáculo (a diferencia del parisino plagado de artistas que se rompen el cuero para la concurrencia).

Y la forma de caminar: las parisinas son magas del taconeo que resuena en calles y subterráneos como el eco de la ciudad, y las /y los neoyorquinos son devotos de los tenis, que se calzan así lleven el vestido más elegante puesto: no hay pues un eco de sus pasos, sólo la turbamulta que en el distrito financiero equivale a un sunami en horas pico.

(…sigue dentro de quince días).

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