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UN IMPRESCINDIBLE QUE NO SE HA traicionado. Un ser que si no existiera habría que inventarlo o tendríamos que armarlo. Porque es indispensable alguien capaz de encarar la fragilidad de las emociones humanas con honradez y con humor. Aún más, en tiempos en que la impostura se ha vuelto obligatoria, el poder sumergirse en la mirada de alguien que devela los disfraces y desnuda las necesidades más hondas, es un alivio: por fin alguien dice lo que siente y muestra lo que otros sienten.
Woody Allen ha sido a lo largo de 40 películas escritas y dirigidas por él, durante ese mismo número de años, un constante y preciso observador de las actitudes contemporáneas. De la primera a la última (en 1968 Toma la plata y corre, hasta Vicky, Cristina Barcelona en 2008) ha mantenido una narración en primera persona como un testigo de excepción sobre lo que ve. Sin la penetración desgarrada, excesiva, que tenía el sueco Ingmar Bergman, Allen logra detonar en el público un interés por las relaciones amorosas y las imposibilidades que enfrentan siempre. Una catarsis clara en medio de las farsas sociales imperantes.
Este neoyorquino, apto para reírse de sí mismo, que es como su propia caricatura, que comienza su carrera como cómico a los 16 años, que deserta de la carrera universitaria de producción cinematográfica, que ha trabajado incansable como escritor, como actor, como director, como clarinetista, durante todos estos años. Que ha estado al margen de las exigencias comerciales que impone Hollywood, apoyándose en el reconocimiento europeo, latinoamericano, para mantener una independencia que preserva su coherencia en todos estos años. Que ha tenido bajo su dirección a las grandes ligas de actores con argumentos que siempre tocan una búsqueda del primer plano emocional para narrar los avatares de sus personajes todos verídicos, todos posibles.
De su atmósfera tan conocida y reconocible en Manhattan, en Brooklyn, de la intelectualidad que busca ser la más experimental y liberal posible, se ha ido moviendo hacia otras ciudades y otros modos de ser, como lo hizo en ese clásico de suspenso que fue Match point, con todos los elementos de la intriga inglesa, del modo de ser británico y en esta última (Vicky, Cristina…) Barcelona y su espíritu desatado de sensualidad latina, de clima tórrido, logra el medio de contraste para que Woody Allen inscriba sus caracteres de náufragos de la contemporaneidad, del individualismo, de la tecnología, en medio del romanticismo que ha sido para él la obsesión en todas sus películas: el experimento con lo inestable. El eterno descontento humano resalta esa prepotencia del prototipo de última generación.
Los premios y los cientos de menciones en medios que Woody Allen acumula, más los sitios en internet que reproducen sus entrevistas, sus libros, sus guiones, sus fotografías, sus interpretaciones musicales, sus citas que dan cuenta de su ironía y su chispa, revelan el tamaño de su significado como figura imprescindible en la comprensión con un deje de ternura, del escéptico realismo con el que asume su tiempo, el que nos ha tocado vivir. Él permanece militante en su independencia y activo en su mirada ácida, su humor se mantiene en forma y persiste en el análisis sobre la relación de los hombres y las mujeres. Eso lo hace único y útil, un cine que ya es un clásico, indespensable en nuestra época. Qué haríamos sin él.
