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Los otros ejércitos del conflicto

Ana Milena Muñoz de Gaviria

28 de octubre de 2009 - 10:44 p. m.

EL CONFLICTO ARMADO, PARA MUchos de los que habitamos en la ciudad, aparece lejano, pues sólo lo vivimos a través de los medios de comunicación y de los desplazados y desmovilizados que encontramos diariamente.

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Lo sentimos a través de la violencia y la pobreza de aquellos que llegan sin esperanza, a través de los secuestrados políticos y militares cautivos por la guerrilla, a través de personas como Piedad Córdoba que han tomado como bandera la liberación y a través de la versión oficial de un Gobierno que se jacta de estar ganando la guerra y que incrementa diariamente los gastos militares a costa de las necesidades urgentes de la población.

Vivimos en la ciudad y por lo tanto en otra Colombia diferente a la que tienen que vivir aquellas víctimas de la violencia que en sitios apartados —como lo describe Evelio Rosero en su libro Los ejércitos— son acechados por los continuos ataques del Ejército, los paramilitares y la guerrilla, en tierras de nadie donde reina la brutalidad junto con la pobreza. Son lugares de donde los jóvenes, y especialmente las mujeres, deben irse para no ser víctimas del reclutamiento forzoso o voluntario, pues muchos de ellos carecen de esperanza, no tienen expectativas de trabajo, por lo que estos ejércitos son, en muchos de los casos, una solución.

Algunos que vivimos la guerra a través del trabajo social con algunos de esos grupos conocemos parcialmente el impacto psicológico, económico y social que ella genera. Mientras la ciudad se está llenando, el campo está quedando en manos de los que son más fuertes y compran tierras a la fuerza o a precios ridículos aprovechándose de aquellos que quieren o deben marcharse, pues están cansados del conflicto que, por ahora, está lejos de su fin. Porque la guerra también se ha convertido en un negocio para muchos que encuentran en la desestabilización una oportunidad para ganar plata fácil.

El trabajo de fundaciones e instituciones ayuda a sanar en gran parte a aquellos que han vivido la guerra. Corazón Verde y la Fundación Matamoros trabajan por y con los policías y los soldados, Cirec con los discapacitados, la Vicepresidencia con las víctimas de las minas, la Alta Consejería para los Reinsertados y el Banco de Tiempo con los desmovilizados. Muchos otros más trabajan en forma solitaria y silenciosa aportando su conocimiento y tendiendo una mano amiga a quienes se reincorporan a la vida civil para que encuentren paz a través de expresiones artísticas como el teatro, la danza o la pintura.

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El trabajo del artista Juan Manuel Echavarría con los jóvenes provenientes de la guerra, con su Fundación Puntos de Encuentro, es algo digno de resaltar. A través de la pintura, hoy exhibida en el Museo de Arte Moderno, ellos cuentan sus historias, historias que muchos desconocen y que son interesantes para hacer una reflexión profunda como sociedad sobre el conflicto; es necesario aprender cómo podemos contribuir a una solución junto con el Gobierno, que debe trabajar más en políticas para los jóvenes, unas de prevención y otras de atención a aquellos que regresan.

Este es un tema complejo que supone, en primer lugar, una toma de conciencia sobre la gravedad de la situación de los que llegan para ayudarles en el proceso de sanación física y mental y, en segundo término, para evitar que otros se vayan. Las soluciones deben ser más integrales, pues la pobreza y la desigualdad son causas fundamentales del problema, en las que igualmente hay que trabajar.

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