No parece una mujer, ni siquiera un ser humano. La despojaron de todo. Es una estructura ósea a la que se ajusta la piel, mide casi 1,60m y su cuerpo pesa poco más de 45 kilos. Camina con ayuda y algo encorvada porque no puede erguir su cuerpo. No habla, esquiva las miradas y cuando se ve rodeada de varias personas, su cuerpo empieza a emitir un temblor involuntario, sus ojos recorren nerviosos el espacio y su rostro enseña su miedo y su ganas de llorar. El trauma es evidente.
Me dirijo discreta a su hermana y pregunto si hay fotos de ella, quiero ver cómo era Máryuri antes de irse a Santa Marta. Me dice que sí y me las muestra. Las imágenes son de unos 18 meses atrás, tiene 21 años y se ve radiante, saludable. Canta, juega, posa para las fotos, una chica normal. Me cuesta creer que la mujer del video es la misma persona. La despojaron de todo. Hasta de lo más humano, que es la autonomía de su propia locomoción.
La levantan entre dos personas de la silla, la llevan para una habitación y veo que sus pantorrillas están llenas de cicatrices, unos milimétricos agujeros simétricos y todos iguales. Instintivamente me giro hacia su hermana y pregunto.
—¿Tú crees que a Maryuri la drogaban con algo?
—Pues antes de traerla de regreso a Cúcuta, en la clínica de Santa Marta, ella alcanzó a decir que le inyectaban cosas para hacerle lo que le hacían.
En 2019 Máryuri conoció a un hombre por internet, lo conoció como hoy se conoce mucha gente: por Facebook. Aparentemente se enamoraron. Él fue a Cúcuta a conocer a su familia y después dijo que ahora ella debía ir a conocer la suya. Ella partió hacia un corregimiento cercano a Santa Marta, pero ella nunca volvió. Se casaron al poco tiempo y duró más la boda que el tiempo que tardaron en aislar a Máryuri de su familia cucuteña. No respondía por redes sociales y no volvió a contestar su teléfono, siempre atendía otra persona y si ella hablaba era bajo vigilancia. La única comunicación fluida era por mensajería WhatsApp. En uno de esos intentos, su hermana le envió solicitud de cámara y ella inesperadamente aceptó, entonces apareció el espanto: el rostro de Maryuri completamente desfigurado por golpes mientras un hombre la besaba en la cabeza, su esposo.
Sus hermanas partieron a Santa Marta a rescatarla y la encontraron en una clínica. En la epicrisis se lee: la paciente asegura que alguien apretó su cuello fuertemente y que había hombres malos que le hicieron daño. En un audio se oye a Máryuri diciendo que unos hombres la violaban, en otro menciona a los tipos “malos” y entre ellos a su esposo, en otro dice que abrían sus piernas a la fuerza. Y en una ocasión dijo que no era a la única que hacían daño.
Un periódico nacional romantizó esta historia, la definió como “historia de amor que terminó en pesadilla” y ligeramente exculpó al esposo porque la familia y la comunidad dijeron que era hombre bueno. Máryuri, en cambio, fue despojada de sí. Hoy es un ente lleno de cicatrices. Conocí su caso el 25 de noviembre, día de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, y había sucedido tan solo 20 días atrás. Estas cosas no se detienen, no van a parar si no se investigan. Y tampoco pararán mientras la prensa siga llamando historia de amor que terminó en pesadilla a lo que podría ser tentativa de homicidio, feminicidio o presunta red de trata a nivel nacional.