El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Estupidez y adoctrinamiento

10 de septiembre de 2026 - 02:31 p. m.

«La destrucción de la inteligencia, dice Marco Aurelio, es una peste mucho mayor que una infección y alteración semejante de este aire que está esparcido en torno nuestro» (IX, 2). Tenía la frase subrayada desde hace años y la había sacado esta semana para pensar en el famoso adoctrinamiento y la pérdida del sentido crítico en nuestra época.     

PUBLICIDAD

La discusión no es nueva, aunque ahora esté de moda. Veamos el caso de Dietrich Bonhoeffer, pastor luterano alemán. Cuando los nazis llegaron al poder e impulsaron el movimiento de los cristianos alemanes, con el que intentaron cooptar a las iglesias protestantes, se les opuso desde la Iglesia Confesante. Escribió sobre la estupidez en la Navidad de 1942, en un balance de diez años de hitlerismo que repartió entre los tres o cuatro cómplices con los que conspiraba. Unos meses después estaba preso.  En 1945 fue ahorcado en el campo de Flossenbürg, semanas antes de que llegaran los aliados. 

En ese balance, este teólogo plantea una tesis incómoda: La estupidez es un enemigo del bien más peligroso que la maldad.  Es incómoda porque la palabra no significa lo que uno cree, al menos en español. Aquí la estupidez no es un defecto intelectual, sino humano. No alude a una torpeza notable para comprender las cosas, ni a la tontería, ni a la necedad, ni a la ignorancia —hay estúpidos ilustradísimos—, ni a la incapacidad para hacer algo.

De sus páginas pueden extraerse, más bien, tres rasgos fundamentales. El primero consiste en delegar el juicio propio en un tercero: maestro, padre, pastor, influencer, partido, algoritmo o inteligencia artificial.  Epicteto, que fue esclavo, enseñaba que lo único que de veras nos pertenece es el uso de nuestros juicios; quien lo delega regala lo único suyo. El segundo es la ignorancia voluntaria, eso que los griegos llamaron amathía: no saber, no querer saber y, además, celebrarlo, a diferencia de Sócrates, que sabía que no sabía nada, pero dedicó la vida a resolverlo.  El tercero es la conformidad, donde la creencia se vuelve identidad, y suscita lealtad: si alguien la discute, ya no me contradice, me ataca. Chris Ranalli lo explica en un artículo publicado en 2022: el adoctrinamiento ocurre cuando la creencia trae adherida la cláusula de que examinar cualquier alternativa es reprochable moral o epistémicamente.  Viene con el candado incorporado.

Bonhoeffer no fue el único.  En 1937, en Viena, el escritor Robert Musil dictó una conferencia sobre el mismo tema.  Fue su última aparición pública; al año siguiente huyó a Suiza, donde murió olvidado.  Musil distinguía dos estupideces.  La primera, honrada y simple, es la ordinaria, como la conocemos en el diccionario: la  del que no es capaz de armar un mueble de Ikea o cambiar una llanta de su automóvil.  Es inofensiva y hasta produce ternura.  La otra, que llamaba estupidez inteligente, no es una carencia de inteligencia sino un desajuste entre la inteligencia y el resto del hombre.  Se parece muchísimo al progreso, al talento y al mejoramiento, y por eso tanta gente decide ser estúpida.  Porque ninguno de los tres rasgos anteriores se experimenta como una degradación, sino como una virtud. 

De ahí que contra el estúpido estemos inermes, mientras que del malvado al menos intentamos defendernos.  Contra la estupidez —dice Bonhoeffer— no hay defensa: los argumentos no encuentran oído.  Los hechos que contradicen el prejuicio sencillamente no se creen y, cuando son irrefutables, se apartan como excepciones; las noticias que lo perjudican vienen siempre de noticieros opositores o de conspiradores.  Además, el estúpido está satisfecho de sí mismo y se irrita con facilidad, así que conviene tenerle más cuidado a él que al malvado.  Recordemos, además, que Bonhoeffer no escribía sobre sus enemigos, sino sobre sus antiguos compañeros de colegio y sobre los miembros de su propia iglesia, que en su mayoría se acomodaron al nazismo sin que nadie los obligara. 

Por eso su hallazgo más incómodo no es psicológico sino sociológico.  La estupidez no nace, se hace.  Toda irrupción fuerte de poder, política o religiosa contagia de estupidez a buena parte de los hombres, y no porque se les atrofie alguna facultad, sino porque los despoja de su independencia interior.  Uno conversa con ellos y siente que no habla con la persona sino con las consignas que le han ocupado.  El poder de unos pocos —escribe Bonhoeffer— necesita de la estupidez de los demás.  Y llevamos una década (quizás más) entrenándonos para eso, y estamos en un país donde la primera pregunta ante cualquier noticia ya no es qué pasó, sino a quién le sirve.

Aristóteles dejó escrito en su Retórica que hay tres maneras de persuadir: el logos, que son los argumentos y las pruebas; el ethos, que es el carácter y la autoridad de quien habla; y el pathos, que son las emociones que despierta en quien escucha.  Nuestra tradición filosófica decidió que la primera era la respetable y que las otras dos eran trampas sofistas.   Pero nuestra conversación pública no funciona con las tres, en este país polarizado las dos últimas resuelven y eligen antes de que la primera alcance a hablar.   Cuando uno le lleva datos a alguien que ya sabe de qué lado está, el interlocutor no evalúa el argumento: evalúa de qué bando viene.  Por eso Bonhoeffer sostiene que la estupidez no se cura con instrucción, sino con un acto de liberación. 

Circula por internet, sin autor conocido, una sentencia según la cual discutir con un estúpido es como jugar ajedrez con una paloma: derriba las piezas, se caga en el tablero y regresa a su bandada cantando victoria. La frase es graciosa y exacta, y por eso se comparte tanto. La mayoría la publica para declarar que ganó la discusión. Nadie la comparte pensando que ha sido la paloma. Yo tampoco. 

Por Andrés Cabal Godoy

Andrés Cabal Godoy es ensayista y magíster en Filosofía por la Universidad del Valle. Profesor en Cali y estudioso de Montaigne y la filosofía helenística.
Conoce más
Ver todas las noticias
Leer más
Leer más