Un viernes de diciembre de 2025, en Washington, unos operarios empezaron a añadir un nombre a la fachada del Kennedy Center, el memorial que el Congreso estadounidense consagró al presidente asesinado en Dallas. En la víspera, la junta directiva —renovada por Donald Trump a comienzos de año y presidida por él desde febrero— había votado anteponer el nombre del presidente en ejercicio al del muerto. Las leyes que crearon el centro prohibían rebautizarlo. «Salvamos el edificio», dijo Trump, y no mentía del todo: había conseguido del Congreso más de doscientos cincuenta millones de dólares para su renovación. Días antes, ante un auditorio, había hablado de un evento en el «Trump Kennedy Center» y se había corregido entre risas. La broma, como tantas veces, era un ensayo.
El historiador Suetonio cuenta un gesto parecido. En Vidas de los doce Césares refiere que Calígula hizo traer de Grecia las imágenes más veneradas de los dioses, entre ellas la de Júpiter Olímpico, para quitarles la cabeza y poner la suya. Un día se colocó por burla al lado de la estatua de Júpiter y preguntó al trágico Apeles cuál de los dos le parecía más grande; como Apeles vaciló en contestar, lo hizo azotar enseguida. Cuando su hermana Drusila murió, Calígula hizo suspender todos los negocios. Durante ese período fue crimen capital haber reído, haberse bañado o haber comido con los parientes, las esposas o los hijos. Como enloquecido por el dolor, se fugó una noche de Roma, atravesó sin detenerse la Campania y llegó a Siracusa, de donde volvió tan bruscamente como se fue, con la barba y los cabellos desmesuradamente largos. Desde entonces no juró más que por la divinidad de Drusila, incluso hablando al pueblo y a los soldados. Por la noche invitaba a la luna, cuando estaba llena y en todo su esplendor, a recibir sus abrazos y compartir su lecho. Entre los ornamentos que solía utilizar no era raro verle la coraza de Alejandro Magno, que había mandado sacar de su sepulcro. Derribó las estatuas de los grandes hombres y quiso destruir los poemas de Homero; preguntaba: “¿por qué no habría de poder hacer yo lo que hizo Platón, que lo desterró de la República que organizó?”. Repetía incesantemente unas palabras extraídas de una tragedia: “Que me odien con tal de que me teman”; y, ante una reconvención de su abuela Antonia, respondió: “Recuerda que todo me está permitido y contra todos”.
Este es el Calígula de Suetonio que obsesiona a Albert Camus desde 1934, cuando recibe un curso dedicado a los emperadores romanos a cargo del profesor Jacques Heurgon. En sus Carnets encontramos, en una anotación de enero de 1937, el plan de una obra en tres actos que terminaba con el emperador vivo frente al público: “No, Calígula no ha muerto. Está aquí y allá. Está en cada uno de nosotros. Si el poder nos fuera dado, si tuviéramos corazón, si amáramos la vida, veríamos desencadenarse ese monstruo o ese ángel que llevamos dentro”.
La obra ya estaba terminada hacia 1939, pero no se estrenó hasta el 26 de septiembre de 1945 en el teatro Hébertot. Su rotundo éxito derivó, en parte, de las semejanzas circunstanciales que el público estableció entre Hitler y el inteligente tirano. Pasada la hipersensibilidad de la posguerra, el tiempo se ha encargado de revelar su carácter imperecedero y universal. Cada época, al parecer, pone su propia cabeza sobre la estatua.La causticidad de Camus apunta con certeza: “Gobernar es robar, todo el mundo lo sabe. Pero queda la manera de hacerlo”. La manera de Calígula es la lógica. En el segundo acto cita su pequeño tratado sobre la ejecución: “La ejecución alivia y libera. Es universal, fortalecedora y justa tanto en sus aplicaciones como en sus intenciones. Se muere porque se es culpable. Se es culpable porque se es súbdito de Calígula. Ahora bien, todo el mundo es súbdito de Calígula. Luego todo el mundo es culpable. De lo que se infiere que todo el mundo acaba muriendo. Es cuestión de tiempo y de paciencia”. El silogismo no tiene una sola fisura; el veneno está en la premisa. (Pocas veces encontraremos a un Camus más mordaz que éste, hasta la aparición de Jean-Baptiste Clamence, el juez penitente protagonista de La caída, acaso su mejor novela).
Dejemos que sea el propio Camus quien resuma su obra:“Calígula, hasta entonces un emperador relativamente aceptable, advierte a partir de la muerte de Drusila, su hermana y su amante, que el mundo no es satisfactorio. Desde entonces, obsesionado con lo imposible y envenenado por el desprecio y el horror, trata, a través del asesinato y la perversión sistemática de todos los valores, de ejercer la libertad (…) [una libertad] que finalmente descubrirá incorrecta. Desafía la amistad y el amor, la solidaridad del hombre común, lo bueno y lo malo. Compromete a quienes lo rodean y les exige que sean lógicos; nivela todo lo que está a su alrededor por la fuerza de su desprecio y de la furia destructiva a las que lo conduce su pasión por la vida. (…) Uno no puede destruir todo sin destruirse a sí mismo”.
La coraza de Alejandro también tiene herederos. En junio de 2022, al cumplirse 350 años del nacimiento de Pedro el Grande, Vladimir Putin explicó que el zar no le había quitado nada a Suecia en veintiún años de guerra, sino que había recuperado lo suyo, y que ahora parecía tocarle a él recuperar y fortalecer a Rusia. Del sepulcro no salió esta vez una armadura, sino una resolución.
Calígula pedía la luna, y la quería en su lecho. Era su manera de exigir lo imposible. Los de ahora son más prácticos: no piden la luna, le ponen su nombre y eslogan a lo que ya existe. Las letras de una fachada se quitan con la misma facilidad con que se ponen. Lo difícil de quitar, en la Patria Milagro, es la costumbre de leerlas sin asombro.