Los argumentos de autoridad suelen venir acompañados de saña. ¿Cómo se atreve a decir A o B, señor? Yo opino lo contrario y tengo para respaldar mi opinión dos doctorados, etc. Este es un tono corriente en las discusiones sobre las opiniones polémicas (incluso no tanto) que uno expresa, rechazo al que con frecuencia se agregan descalificaciones personales. Abundan en ellas los insultos: viejo pendejo, viejo cacreco, fascista, sacamicas, bobo. Lo mínimo que le dice a uno es trivial e intrascendente. Ojo, después del insulto no suele venir ningún argumento. Según eso, lo que abunda es el odio, no la discrepancia. Piense el lector a...
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