Los argumentos de autoridad suelen venir acompañados de saña. ¿Cómo se atreve a decir A o B, señor? Yo opino lo contrario y tengo para respaldar mi opinión dos doctorados, etc. Este es un tono corriente en las discusiones sobre las opiniones polémicas (incluso no tanto) que uno expresa, rechazo al que con frecuencia se agregan descalificaciones personales. Abundan en ellas los insultos: viejo pendejo, viejo cacreco, fascista, sacamicas, bobo. Lo mínimo que le dice a uno es trivial e intrascendente. Ojo, después del insulto no suele venir ningún argumento. Según eso, lo que abunda es el odio, no la discrepancia. Piense el lector a cuántas personas odia sin conocerlas. Yo escarbo en mi cabeza y me digo que son muy pocas, salvo tal vez algunos delincuentes comprobados y aquellos que ejercen una dictadura abierta. Es decir, Trump no me gusta para nada, aunque no puedo decir que lo odie. Putin, en cambio, me produce una aversión profunda, así como el ayatolá Jamenei. Pero no es corriente que uno vea a la gente con un enjambre de insultos revoloteando a su alrededor.
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Ojo, los polemistas autoritarios no empiezan por explicar sus desacuerdos con claridad, de manera que uno después pueda refutar o contraargumentar y hacer que el debate avance, sino que desautorizan al contradictor con argumentos de autoridad, espurios por definición. Valdría la pena entonces que nos contaran cómo obtuvieron sus doctorados sin expresar argumentos o si los expresaron en el pasado y ya no lo estiman necesario.
Un problema muy usual en muchos debates es que uno encuentra gente con muchos títulos que afirma A y otra, con títulos semejantes, que afirma No A. ¿Qué hacer? No queda de otra que sopesar los argumentos de uno y otro y sacar conclusiones propias, que desde luego tampoco son infalibles. Conviene decir sobre esto que los debates no los avanzan solo quienes al final tienen razón, sino que suele ser valiosa la abundancia de argumentos calibrados en un sentido u otro.
Pongamos de ejemplo los dilemas del calentamiento global, que tanto se discuten y sobre los cuales hay tanta calentura. Yo puedo hacer al respecto una afirmación que creo difícil de discutir: nadie sabe a ciencia cierta qué va a pasar, cuándo y qué opciones reales y realistas hay para afectar un determinado resultado. Ojo, algo va a pasar dentro de diez, quince o cincuenta años, eso también es seguro, y las correcciones que se apliquen o no de seguro serán determinantes. Lo otro que también está claro es que los problemas se siguen agravando pese a las políticas generales, si bien no se han visto daños catastróficos que ameriten una alarma de aceptación general. Por si acaso, la concentración de CO2 en la atmósfera sigue aumentando a un ritmo que habría que llamar aterrador, pese a las medidas que se han tomado.
La verdad, en muchos temas, cambia de manera rauda. Algo que ayer era incuestionable, hoy no lo es. A cada rato uno lee a opinadores o los oye que advierten de entrada que después de A o B viene el acabose. Nada volverá a ser como antes, insisten. Eso no es cierto casi nunca. Las cosas de antes siguen siendo más o menos parecidas, con variaciones no del todo significativas.
Y existen temas en los que, según sea el punto de vista o la perspectiva que uno asuma, hay más de una verdad. Así, lo importante en un debate democrático es la pluralidad de puntos de vista. Lo que de veras está mal es la animadversión discursiva, la saña, los insultos. Ni hablar de que con toda seguridad vienen en camino otra vez.