Me dice un amigo historiador que le parece pésima la vía caudillista para entender la historia (ojo, ni siquiera mala) y yo alzo las cejas. Esto quiere decir que no concuerdo del todo con él, aunque sí le acepto que un caudillo nunca surge en el vacío. Porque Hitler fue Hitler, Napoleón fue Napoleón, Franco fue Franco, Stalin fue Stalin. Ahora mismo Europa Oriental vive una guerra absurda, hecha a la medida de un caudillo: Putin. Sí, una forma sencilla de ver el fenómeno sería decir que ellos hubieran podido no existir y que entonces sus tiempos habrían sido distintos. ¿Mejores, peores? Dejo la especulación a quienes se dedican a los mercados. Habría que aclarar que un caudillo no tiene tanta fuerza bajo un régimen democrático, el cual está conspicuamente ausente en los ejemplos mencionados. Una de las formas en las que la democracia se deteriora y a veces se acaba es justamente cuando cae en manos de un caudillo. Pongo de ejemplo a El Salvador, desde hace siete años en manos de Nayib Bukele, un caudillo a la antigua. Tampoco hay forma de negar que Donald Trump está mostrando cada vez más los rasgos de caudillo desbocado. Por fortuna vienen para Estados Unidos las elecciones de mitaca en noviembre.
¿Y acaso no se puede afirmar que un caudillo saca a otro caudillo, así como un clavo saca a otro clavo? A veces sí, pese a que es de lejos preferible que el que entre a mandar no se comporte de la misma manera que el que sale. Como regla general, los caudillos son malos perdedores, además de malas personas. Sobra decir que no son de izquierda ni de derecha, sino todo lo contrario. Se adoran a sí mismos, primero que nada, y se rodean de una camarilla obsecuente, que los aplaude hagan lo que hagan e intenten lo que intenten.
Matizando un poco, los caudillos no siempre son malos. Se dice, por ejemplo, que Luis Carlos Galán, un político muy virtuoso, era un caudillo. Yo creo que sí lo era, así sus hijos y Humberto de la Calle crean que es mejor no darle ese nombre. De todos modos, la regla general es que los caudillos terminan siendo dañinos casi sin excepción. Incluso es posible afirmar que durante más de un siglo pululó en muchos países un caudillo muy destructivo, que no era una sola persona, sino un movimiento social, con nombres que fueron evolucionando: la clase obrera, el bolchevismo, la alianza obrerocampesina, el pueblo.
Acabamos de ver en Colombia que la defensa contra el caudillismo destructivo son, en primer término, las instituciones sólidas. Bien se sabe que en Venezuela la debacle empezó con una constituyente hecha a la medida del caudillo. De ahí al saqueo, al colapso económico y a la dictadura no hubo más que pasos sucesivos. El peronismo en Argentina, fruto de Juan Domingo Perón, un caudillo por excelencia, ya lleva casi setenta años haciendo daño. Los sucesores del dañino coronel han sido todos peores que él: Cámpora, los Montoneros, Menem, los esposos Kirchner, entre muchos otros. En contraste, la dirigente venezolana María Corina Machado tiene tremenda fuerza, pero es todo lo contrario de un(a) caudillo.
Es preciso decir que con mucha frecuencia el caudillismo viene de la mano del populismo. En ambos fenómenos, se trata de una confrontación entre los “buenos” y los “malos” –las comillas son ineludibles–, de suerte que se desemboca en un culto a la personalidad, pues el caudillo tiene un supuesto contacto directo con el pueblo y por eso no se equivoca. Rara que es la historia: hace mucho que solo habla de los errores de los caudillos.