El dilema gringo, ya complicado antes de saberse que en los próximos días habrá una acusación que podría llevar a Trump temporalmente a la cárcel, se puso peor. La acusación que el expresidente enfrenta esta semana no es la más grave de las cuatro que hacen curso contra él. Esta tiene qué ver con haberle pagado a una actriz pornográfica por su silencio durante la campaña de 2016. Es apenas uno de algo así como treinta cargos adicionales que aún no se conocen. ¿Favorecerá a Trump el lío judicial? Cabe la contestación clásica: sí y no o todo lo contrario.
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La clave no está en la reacción de los partidarios de Trump ante la acusación del candidato. Por lo que ahora se estima, él tiene más o menos asegurada la candidatura del Partido Republicano, cuya base enardecida con toda seguridad va a desestimar una acusación que, por si fuera poco, fue promulgada por un fiscal negro, así la decisión definitiva para proceder la haya tomado un “Gran jurado”, integrado por ciudadanos variados del estado de Nueva York, entre quienes estadísticamente predomina el Partido Demócrata. ¿Saldrán los republicanos a romper y manchar? ¿Lo tomarán con calma? No se sabe. La virulencia no parece favorecerlos, aunque no se sabe si ellos están enterados. Más trascendental será lo que piense la mayoría de los votantes, muchos de los cuales no quieren a Trump de presidente. ¿Se sentirán energizados o acobardados? Tampoco se sabe.
Es casi seguro que habrá lo que allá llaman un mug shot y una perp walk, frases ambas sin traducción aceptada que hablan de la triple foto policial que se les toma a los acusados de delitos y del paseo que deben dar en ese proceso.
Y es que los republicanos gringos son muchos, si bien están lejos de ser la mayoría. Una cosa sí puede ponerse justamente en blanco y negro y es que las antiguas mayorías blancas, proclives a la ideología MAGA que impulsa Trump, cada vez son una proporción menor del total. Entre esos muchos republicanos, hay a su vez mayorías y minorías, cuyo predominio es el que se decidirá en las primarias. Según eso, para que Trump imponga su agenda extremista tiene que convencer a un grupo grande de no blancos que no se identifican con su peluquín. ¿Hasta dónde ha permeado entre ellos el discurso populista? Esa es la cuestión de fondo.
Casi con seguridad, la alternativa en 2024 será otra vez entre dos políticos no muy populares, Biden y Trump. ¿A quién echarán los votantes con más facilidad a la caneca? Muy en particular importa si el señor del peluquín puede vencer a su oponente. Ya en 2020 perdió con él, así se haya puesto a gritar ¡fraude! a diestra y siniestra. ¿Por qué no habría de perder esta vez, recontramanchado como está? Dejo la pregunta.
Al igual que usted, querido lector, yo estoy a años luz de saber a ciencia cierta qué va a pasar en Estados Unidos, entre otras porque allá a veces pasan cosas muy raras. No tengo la ideología promedio de los votantes estadounidenses; tampoco la tienen mis amigos, así que nada gano con consultar con ellos. La esperanza es que al final de todas las cuentas los problemas judiciales afecten al belicoso candidato y dificulten su camino a la Casa Blanca por segunda vez. Igual, falta más de un año para las elecciones. De aquí hasta allá pasará mucha agua bajo los puentes. Algo se irá sabiendo por el camino, de suerte que este es un tema sobre al cual no quedará más remedio que volver en los próximos meses.