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El arte de la duda

Andrés Hoyos

04 de junio de 2013 - 06:40 p. m.

Los escritores somos un grupo proverbialmente vanidoso, y nunca más que cuando pretendemos no serlo.

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Quizá por eso se nos coló hace tiempo un antihéroe peligroso, una suerte de bricoleur, como dicen los franceses, pero de ideas: el señor se llamaba Michel de Montaigne y fue el padre del ensayo literario.

Este género se basa en la duda —y columnas por el estilo de ésta son hermanitas muy menores del ensayo— e induce a los autores a hacer lo que el nombre indica, a ensayar, a dar vueltas a los temas, a dudar con curiosidad, a tomar riesgos, a contradecirse, a fracasar a veces en el intento. El esquema, no obstante, es muy fértil, pues como lo decía por estos días el tuitero @soloporjoder: “Las dudas son semillas de baobab”.

No es asunto de ensañarse con la retórica de la duda, llenando los textos de muletillas como “quizás”, “tal vez”, “a lo mejor”, “es relativo” o “el tiempo dirá” —tampoco sirve la pegajosa muletilla contraria “sin duda”—, sino que hay que convencer al lector de que la duda y la curiosidad fueron los grandes motores que animaron la escritura. Se dice fácil y se olvida todavía más fácil.

Descartes, intuyendo el prestigio laico que tenía la duda, la quiso metódica para huir de la escolástica, lo que equivale a buscarle aletas a un gato. Antes que él y que Montaigne estuvo Sócrates, el filósofo del cuestionamiento radical que fue sacrificado por el poder. Los verdugos de Sócrates se reproducen en forma espontánea y son los ideólogos y los creyentes, aficionados ambos a los espectáculos altisonantes, cuando no al sacrificio de los demás e incluso al propio. Para ambos resulta esencial aprender pronto a no dudar. Tienen a su favor el hecho de que la duda cansa, mientras que la certidumbre anima, y cuando cae en manos expertas, puede llevar a la ebriedad del furor y del poder. Otros que no dudan son los guerreros, porque en la guerra la duda suele ser mortal.

Un espectáculo se ha repetido muchas veces en la historia: aquellos que no dudan construyen edificios inmensos sobre cimientos indudables, pese a lo cual éstos un día se rajan. El derrumbe que sigue es colosal y las víctimas se multiplican. Los escépticos, en cambio, construyen casas de un solo piso o tiendas de campaña. Si éstas se derrumban, lo más probable es que no haya muertos, tan sólo un poco de llanto o de repente una fiesta de despedida.

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No todo ha de ser duda, claro. La vigencia de los intelectuales empezó, por ejemplo, con una afirmación ajena a la duda: yo acuso, dijo Zola. Las instituciones y el Derecho también tienen que poner límites a la duda, y mucho menos es equivalente la opinión de un médico que ha estudiado décadas a la de un charlatán de internet. Dicho de otro modo, la gran paradoja es que estamos obligados a seguir alzando pesadas construcciones sobre cimientos deleznables, lo que hace que los derrumbes abunden. La democracia es en cierto modo una mezcla de edificios muy modernos y de ruinas muy antiguas en permanente reconstrucción. Sin embargo, no hay otra forma de vivir en comunidad.

Borges decía que “la duda es uno de los nombres de la inteligencia” y Voltaire agregaba: “la duda no es una condición agradable, pero la certeza es absurda”. Viéndolo bien, lo absurdo sería no dudar, pues ¿qué puede saber con total certeza un individuo aislado en medio de miles de millones de extraños? Retrucará alguien que hay realidades indudables como un dolor de muelas.

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