Es dramático contemplar al poder en toda su desnudez, según se ve en los cuatro episodios de Filthy Rich, la serie documental sobre Jeffrey Epstein, sus víctimas y sus cómplices. Por lo que se denuncia allí, una gran cantidad de ricos y poderosos de varios países cometieron crímenes de la mano de este pederasta –no se sabe si muerto por suicidio– y de su grupo de ayudantes, empezado por Ghislaine Maxwell. El reparto incluye centenares de figuras: Donald Trump, Bill y Hillary Clinton, Bill Gates, Noam Chomsky, Alan Dershowitz –famosísimo penalista–, Steven Pinker, Woody Allen, Andrew Mountbatten-Windsor, Thorbjørn Jagland –ex primer ministro de Noruega–, Elon Musk, Richard Branson, Steve Bannon, además de algunos altos dignatarios de otros países, como Andrés Pastrana. Queda dicho que la estelar lista incluye a cientos de personas, algunos, aunque no todos, con implicaciones penales. Epstein, sin duda, les parecía gracioso a muchos de estos figurones, si bien cualquier adulto en sus cinco sentidos habría sospechado que algo andaba muy mal en un entorno lleno de muchachas adolescentes. Lo que, por supuesto, callaba a la gente era la abundancia de fondos que rodeaban al personaje y con los que podía contar. Es decir, su atroz soborno colectivo.
¿Cómo llegó este personaje a crear semejante caos? Paso a paso. Después de ser un profesor de colegio sin títulos, Epstein entró a la banca neoyorquina en Bear Stearns y, de ahí en adelante, apoyándose en su labia, buena pinta y falta de escrúpulos, se volvió multimillonario en unos años. Muy en particular se apoyó en personajes por el estilo del billonario Leslie Wexner. Tal parece que Epstein tenía un gran instinto para detectar las debilidades de los poderosos e inducirlos a hacer estupideces. Ese mismo instinto le servía para detectar las debilidades de los pobres, en particular de las adolescentes que la sociedad capitalista deja caer por sus bordes. De más está decir que en Estados Unidos no existe un Estado de bienestar en el que se pueda confiar, de suerte que, a un kilómetro de la zona opulenta de Palm Beach en la Florida, por las calles deambulaban cientos de potenciales víctimas desprotegidas.
Eso sí, lo que sucedió habría sido imposible sin la complicidad de muchos agentes del orden corrompidos. Un personaje muy central en este lío es Alexander Acosta, nacido en Miami e hijo de inmigrantes cubanos, quien ascendió velozmente en el Partido Republicano para al final caer como coco por su trato de increíble permisividad como fiscal federal en Florida, en su momento a cargo del caso Epstein.
Hay que decir que Epstein era en extremo astuto. Salta a la vista la pulsión que tenía de grabar y documentar hasta sus idas al baño, lo que después le daba un poder de chantaje inmenso sobre aquellos que dejaban en sus manos evidencias turbias sin pensarlo un instante. Sí se debe decir que hubo también denodados servidores públicos que perseveraron en el deber de construir un caso, al final exitoso, contra el pederasta. Muy en especial, se enfrentó a un grupo insobornable de agentes del FBI.
La presente encrucijada no es inédita en la historia de la humanidad. Tiene un largo y accidentado antecedente en la época del despotismo ilustrado. En ese entonces, los nobles y los poderosos hacían lo que querían con las clases subalternas, para no hablar de los pueblos conquistados y las personas esclavizadas. O sea que lo que Epstein hizo fue revivir una tradición dañina y destructiva. Lo que ahora corresponde es volverla a enterrar y procurar que cada vez sea más difícil que resucite de entre los muertos.