EN COLOMBIA LLEVAMOS DEMAsiado tiempo vendiendo el sofá. Supongo que el cuento es conocido: un tipo llega a su casa, encuentra a la mujer en faena con otro encima del sofá de la sala y soluciona el problema vendiendo el sofá. A mí me parece que de tanto vender el sofá, la dama a la que llamamos democracia ha perdido el recato. Cree poco en instituciones, pese a que la inventaron para eso.
Dirán algunos que no toda la clase política ni todo el aparato del Estado nos han sido infieles, y claro que hay funcionarios, jueces y congresistas probos, solo que cuando partes sustanciales de la clase política y de la burocracia arrastran con malos hábitos, tienen reiteradas relaciones turbias con los bajos fondos y tiro por tiro traicionan el mandato que se les da, es imposible que el descrédito no se extienda a todo el sistema. Se hace indispensable, por lo tanto, una drástica renovación de las personas que nos representan, nos juzgan y nos mandan. Ninguna otra medida logrará contener el problema.
Hay tradiciones con las que es preciso romper, disgústele a quien le disguste. A partir de 1948 se desató una dramática secuencia de asesinatos colectivos en el país, que se “solucionó” dándole al partido minoritario que los había propiciado la mitad del gobierno durante dieciséis años. Más adelante, unos fanáticos intoxicados por ideas redentoras, que autorizaban al iluminado a tomar la vida de los demás, se alzaron en armas y pasado un tiempo dieron en secuestrar y en matar, sólo para que a algunos de ellos también se les “solucionara” el problema mediante una amnistía absoluta. Todavía después un pedazo muy grande de los partidos Liberal y Conservador tuvieron tratos intensos y continuados con la mafia, pero descartadas unas cuantas manzanas podridas, a los partidos se les “solucionó” el problema olvidándolo y sin que a los jefes les pasara nada. Por último, una gran cantidad de políticos, empresarios, latifundistas, militares y policías tuvieron tratos cercanos, cuando no protagónicos, con el paramilitarismo asesino, y todavía hay quien quiera “solucionar” este problema con palmaditas en la espalda. La división, en estas materias, no es entre izquierda y derecha, sino entre los que han ejercido la violencia de forma salvaje y han delinquido sin miramientos, y los que no. Los primeros, del bando que sean, están en inferioridad moral frente a los segundos.
Yo no dudo que sea necesario elegir y hasta reelegir a algunos funcionarios. Mucho menos propongo desbandar el Ejército o la Policía para dejar que los desalmados que se agolpan en las selvas tengan las manos libres, pero me parece asimismo crucial ir más allá y edificar instituciones que estén por encima de los individuos.
Seis años de uribismo nos han dejado algunas cosas buenas, entre ellas una creciente seguridad, pero no sólo subsiste, sino que se fomenta desde Palacio una gran precariedad institucional. La buena noticia es que el entierro que se celebra por estos días de la segunda reelección es mucho más que una nueva venta del sofá. Implica dar un paso, todavía titubeante, hacía la implantación de reglas de convivencia claras. Quizá más adelante se logre que el Estado no espíe a sus ciudadanos por gusto, ni crea que todo está permitido en el combate contra los enemigos de la democracia. Pero la limitación del poder presidencial es un paso, y las instituciones se construyen dando pasos.