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En mi infancia yo solía ver en casa de unos vecinos un cuadro que me hipnotizaba. Pasados los años, lo consideré magistral, así sus actuales dueños lo traten como un mueble viejo, dado que entre ellos predomina un gusto muy acentuado por el así llamado arte contemporáneo. Dicen que “es bonito”, sí.
Me preguntará alguien quién soy para decretar que algo es “magistral”, a lo que respondería que yo no soy nada más que yo, así pueda quizás presumir de mi largo y sostenido interés por el arte de la pintura, territorio que en mi inmodesta opinión es de lejos superior a las demás expresiones del arte plástico. Una forma de ver el dilema sería decir que de un lado estoy yo y quienes piensan como yo, y de otro están ellos y quienes piensan como ellos.
Las intensas guerras que con alguna frecuencia se desatan en el terreno de las artes pueden causar ofensas y enemistades, aunque lo más común es que el tiempo decante lo que sí vale y lo que no vale, a pesar de que aquí y allá también prosperan después las apelaciones a los fallos taxativos ante el resto del público. Durante cerca de dos siglos se ignoraron los cuadros del pintor holandés Johannes Vermeer, hoy tesoros de unos cuantos museos afortunados, que por alguna razón los habían guardado en sus bodegas, porque ni siquiera los colgaban en las paredes. Marcel Proust, árbitro de muchos gustos, contribuyó mucho a revivir el interés por el olvidado holandés. ¿Habrá otro Vermeer olvidado por ahí? De seguro que sí. Dicho esto, en la actualidad casi nadie de prestigio prefiere el así llamado arte pompier, tan apreciado y comprado en la segunda mitad del siglo XIX, y nadie te vende barato un cuadro de Vincent Van Gogh o de los impresionistas de la época, que en ese momento se podían comprar a huevo. He visto, sí, el gusto renovado por algunas esculturas académicas de la época, que hoy figuran bastante en las redes.
Desde luego que otras disputas estéticas aún perduran. Por ejemplo, todavía hay quien defienda la música dodecafónica de principios del siglo XX, aunque son pocos. Sus compositores, alguna vez arrasadores, se oyen de tarde en tarde en los auditorios y las emisoras cultas. Mucho más se oye la música de Jean Sibelius, un contemporáneo damnificado por esa doctrina a la moda, al punto de que se sabe del alivio que él sintió al quemar el manuscrito de su Octava Sinfonía, hoy desconocida del totazo por cuenta de las llamas de su chimenea. Y vaya que el así llamado Nouveau roman, o “nueva novela”, tan trajinado en los años 50 y 60 del siglo pasado, ha envejecido mucho desde cuando un hijo de Aracataca echó al piso las premisas teóricas que sustentaban el prestigio de Robbe Grillet et al. Algunos hemos sugerido que el Nouvea roman debe verse como una forma de neurosis colectiva de la intelectualidad francesa, tan vapuleada por la casi increíble humillación que el país sufrió de manos de los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Cierto, aquí y allá quedó alguna obra de mérito del movimiento. entre toneladas de basura pretenciosa.
Las disputas, obvio, no deben sobrepasar los intercambios a veces álgidos de palabras. Nada de golpes, tiros, denuncias penales y asuntos parecidos. A nadie se le debe retirar el saludo por una discrepancia de estas. Tampoco, valga la verdad, se puede echar a alguien al olvido porque tiene otro candidato distinto al nuestro. Ya se verán en adelante los resultados de las disputas de hoy, entre gustos y políticas. Ojalá se juzguen los resultados con sindéresis.
