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La cucaracha

Andrés Hoyos

26 de octubre de 2010 - 09:58 p. m.

POR UNA VEZ ME TOCA DESEMPOLvar el vestido de profeta y recordar que hace exactamente diez años escribí en El Malpensante un ensayo en el que, entre muchas cosas, decía que el edificio de la prohibición se iba a derrumbar por la grieta de la marihuana.

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Pues bien, el terremoto que podría ampliar esta grieta hasta volverla un gran boquete tiene fecha fija: será el 2 de noviembre de 2010, cuando se vote en California la Propuesta 19, mediante la cual se legaliza la mata que tanto le gusta fumar a la cucaracha.

Decía entonces que los prohibicionistas habían cometido un error, quizá inevitable, al incluir al cannabis en la lista prohibida, no sólo porque no se conocen estudios que certifiquen que la hierba causa un daño grave en la salud humana, sino porque al ser un producto consumido mayoritariamente por blancos en Estados Unidos, su prohibición no cumplía con el cometido de servir de arma de racismo camuflado. Tanto la cocaína como la heroína son drogas traficadas y usadas más que todo por latinos y negros, de modo que la cruel persecución desatada para combatirlas servía —y sirve— para estigmatizar a los que no están invitados a las fiestas del té. La marihuana, sin embargo, empezó a llenar las cárceles de ciudadanos blancos no violentos, cuyo único crimen era comprar, vender o cultivar marihuana. De ahí que el viraje de la opinión pública hacia la tolerancia y la legalización fuese previsible, así no supiéramos cuándo iba a ocurrir.

De aprobarse la Propuesta 19, una serie de conclusiones pronto se harían inevitables, porque supongo que no es nada más el presidente Santos quien entiende que la legalización de la hierba, en un estado emblemático como California, es el principio del fin de la Guerra contra las Drogas. ¿La razón? Se borra una suerte de Línea Maginot defendida a muerte por los prohibicionistas durante décadas, con la consecuencia de que la siguiente línea, aún no definida y de ubicación problemática, caerá con mucha mayor facilidad.

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Los legalizadores no decimos que la marihuana sea recomendable para la salud; decimos que el individuo debe poder decidir si quiere intoxicarse con ella o con Biblias o con papas fritas. Decimos también que con la legalización se debilita radicalmente el crimen, al tiempo que la distribución y la composición de la droga se pueden controlar. Decimos, en fin, que el éxito de la lucha contra el tabaco muestra un camino mejor. ¿La cocaína no es mucho más dañina para la salud que la marihuana? Cierto, pero el punto filosófico es que la salud de las personas en materias no contagiosas o que afecten a terceros es un asunto personal, no del Estado.

Volviendo a los argumentos de mi ensayo de hace diez años, la segunda razón esgrimida en California, y extrapolable al resto del mundo, es que la Guerra contra las Drogas tiene un costo colosal, así haya unos pocos traficantes y empresarios de la seguridad que se lucran de ella. Es imposible no notar cómo a los burócratas californianos por estos días se les hace la boca agua con los impuestos que van a cobrar y con los costos en los que van a dejar de incurrir.

Podría pasar que la Propuesta 19 no fuera aprobada y que, por lo tanto, tuviera que transcurrir algún tiempo más antes de que la Línea Maginot de la prohibición se borrara. No le hace, la grieta se está ensanchando y por fin hay luz al otro lado del túnel. La historia, por una vez, gira en el sentido correcto.

andreshoyos@elmalpensante.com @andrewholes en Twitter

 

 

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