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La democracia, un terreno fértil

Andrés Hoyos

11 de febrero de 2026 - 12:05 a. m.

Desde hace 300 años, si no son 2.300, la palabra ‘democracia’ es crucial en los entramados políticos de muchos países. Cuando en alguna parte no existe, se echa de menos en medio de la violencia, la represión, la injusticia y la arbitrariedad, según puede verse hoy en Irán o Rusia. Aquellos países y territorios donde la democracia sí existe y está sana, viene siempre con compañeras de gran valor. Hablamos de la cultura y las artes.

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A Colombia todo ello le ha costado mucho trabajo y aún no se puede decir que la batalla del necesario vínculo entre la democracia, las artes y la cultura esté ganada. Muchos poderosos menosprecian el valor de estas compañeras inseparables. Las puertas de sus instituciones están cerradas o, si acaso, entreabiertas; por ellas entra apenas un escaso aire fresco. Pero la vida y salud de la democracia dependen de que la cultura y las artes circulen con fuerza.

En los casi 30 años que lleva de fundado El Malpensante, se ha ido conformando una tribu de lectores, gente con la mente abierta y alerta que integra un conglomerado un poco a la antigua. Dados nuestros intereses y filones creativos, los malpensantes tenemos un espíritu hipercontemporáneo, pero al mismo tiempo somos anticuados en que creemos en el soporte de papel, en los libros impresos, en las reuniones presenciales, al tiempo que participamos en múltiples eventos virtuales y viajamos mucho por la red para enterarnos de lo que pasa en el ancho mundo. La Tribu Malpensante es también una tribu del siglo XXI. Como su nombre lo indica, ya llevamos casi 30 años en esas de pensar distinto e, incluso, de pensar mal. El público, que nos viene apoyando todo este tiempo, ha participado muy en particular en ampliar y componer “la manera malpensante” de relacionarnos, mediante festivales, ediciones especiales, libros, talleres y un largo etcétera.

Pese a los contratiempos, no es posible ser pesimista sobre el estado de la cultura en Colombia. Me resulta imposible creer que la intensiva inversión en educación a lo largo de las décadas vaya a ser a fondo perdido. Bien enterados estamos de que pertenecemos a una minoría, ojalá a “la inmensa minoría” que mencionaba Juan Ramón Jiménez y que le sirvió de lema en Bogotá a una recordadísima y hoy clausurada emisora radial. La vida sin la literatura claro que es posible. Cualquiera imagina a los ricos McPatos del mundo metidos allá en sus cuevas de Alí Babá, contando monedas. Otra cosa muy distinta es que así la vida valga la pena, pues pronto demostrará ser más alharaquienta, más larga, más aburrida, con muchas menos aventuras.

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Escribir es una forma de hallarse en el mundo. El rastro que dejamos puede ser confuso o nítido. Hay textos –palabra que viene del latín para “tejido”– burdos, que nos llevan a pensar en un costal deshilachado; otros parecen bellas confecciones de seda. A veces las palabras salen en tropel, otras evocan un ballet. De todos modos, las letras y las palabras están ahí, alegres o cansadas, listas para que alguien las ponga a bailar o las condene a trabajos forzados. Si no fuera por la escritura, no existiría la memoria colectiva, y todos nos veríamos condenados a aprender tan solo de las personas con las que nos cruzamos físicamente. La escritura, en cambio, nos relaciona con un selecto grupo de extraños, amigos e incluso adversarios ignotos que uno escoge y renueva según su placer. Por lo demás, hay que reforzar la relación entre la escritura y la verdad, de la que en últimas depende cualquier texto literario.

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andreshoyos@elmalpensante.com

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