Se supone que la distracción es un defecto, pero no estoy tan seguro. O sea, depende del grado y del momento en que uno se distrae. Por ejemplo, en las noches, la distracción es un elemento clave a la hora de conciliar el sueño, mientras que una idea fija puede mantenerte despierto durante horas. Asunto de saber distraerse a voluntad, algo que se dice fácil, sin que lo sea.
A veces las distracciones estimulan la exploración de zonas olvidadas de la mente, hasta prohibidas. Está ya muy bien establecido que, además de un consciente apercibido, el inconsciente suele desempeñar un papel clave en los procesos creativos. Sin embargo, no siempre es accesible a voluntad. Hay que crear circunstancias en las que se pueda expresar. Estas implican, casi por definición, alguna forma de distracción. ¿O sea que la distracción es productiva? Sí y no o todo lo contrario, para usar un dicho que nos gusta mucho a los distraídos. A veces, cuando uno divaga sin ton ni son, se le ocurre una idea fértil, que más adelante puede dar grandes frutos. ¿Hubiera llegado a una mente concentrada? A lo mejor, pero no se sabe. Llegó como llegó; eso es todo.
Es la propia ciencia la que revela que distraerse no es malo: usted está aprendiendo pasivamente, lo que es distinto. Además, la actividad neuronal es parecida a la del sueño y puede estar vinculada a la divagación mental espontánea, ya que promueve el aprendizaje en tareas que requieren una atención mínima.
Por supuesto que en la guerra, diga usted hoy en Ucrania, una distracción puede ser fatal. Existen por ahí derecho otras situaciones en las que no se recomiendan las distracciones, por ejemplo, al manejar un automóvil, un arma o cualquier otro instrumento peligroso. Al redactar una minuta, al hacer un pago o al comer pescado con espinas.
Otro cantar es el recurso a la divagación mientras usted redacta textos como este. Se sugiere que ante el estancamiento se debe recurrir a extraños, solo que los extraños con buen criterio no son abundantes y a veces ni siquiera se tienen a mano. Según eso, un truco básico para cualquier escritor son los modos de convertirse él mismo en un “extraño”. Digamos que usted llega a un punto más o menos muerto, en el que no le gusta lo que sale en la pantalla o lo que reflejan las páginas impresas. ¿Cómo volverse un falso extraño en ese momento? Hanif Kureshi dice que es bueno parar y poner a hervir agua para hacer té; a mí me sirve una ducha. Cada autor tiene su forma de pelar papas.
Tan enemiga es cierta gente de la distracción que han acuñado para ella una sigla larga y complicada: TDAH (Trastorno por Déficit de Atención o Hiperactividad). Olvidar las llaves un día de estrés, distraerse durante una reunión extensa o posponer una tarea importante no te convierten automáticamente en una persona con TDAH. Sin embargo, a quienes pasan por estas situaciones a fines de la infancia o en la adolescencia les recetan Ritalina. ¿Sirve mucho? Lo ignoro, pero he aquí alguien que nunca tomó nada de eso. Hace poco, una nueva investigación presentada en el Congreso del Colegio Europeo de Neuropsicofarmacología (ECNP) ofreció una explicación científica inesperada: las personas con TDAH pueden ser más creativas porque dejan que su mente divague. Por lo menos en español, distracción es sinónimo de diversión. Bien lo dijo el cantautor argentino Facundo Cabral en un discurso célebre: “No estás deprimido, estás distraído”. Otro cantar, querido Facundo, es para qué sirve eso.