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31 Aug 2022 - 5:30 a. m.

La economía misional

La economista italiana Mariana Mazzucato pasa por su cuarto de hora, que bien podría extenderse si el cambio de paradigma que ella anuncia y propone se concreta, al menos en las principales economías del mundo. La mejor manera de ver estas ideas en acción es proyectar su vigencia local, en el entendido de que lo mundial implica en últimas la suma de todo lo local.

Llevo años diciendo que el Estado puede hacer cosas que el sector privado no, o puede hacer menos bien, siempre y cuando no sean decenas de proyectos a lo largo y ancho de la actividad económica. En ese caso, es casi inevitable una catástrofe de corrupción e ineficacia. Basta mirar lo que ha pasado en la Venezuela chavista, en la Cuba de los Castro o en Corea del Norte. En contraste, el Estado en Corea del Sur fomentó los así llamados chaebol, diga usted Samsung, Hyundai y LG. La palabra más o menos se traduce por “conglomerado”.

Algunas cosas del modelo coreano, como el carácter monopólico de algunos chaebol, no tienen por qué ser copiadas. Con el tiempo se fueron decantando como empresas de familia, si bien ello tampoco es indispensable, como tampoco lo es que tengan las fuertes subvenciones que allá tuvieron.

Platanicemos el asunto a la colombiana y hablemos de ganadería. Hoy esa industria aquí es un desastre. Ocupa 32 millones de hectáreas, la bobadita de casi un tercio del país, pero solo cuenta con 29 millones de cabezas, menos de una por hectárea. Así, el Estado colombiano podría conformar un chaebol propietario de un fondo de inversión en ganadería silvopastoril, tecnología que con facilidad llega a mínimo cuatro cabezas por hectárea, o sea, cuatro veces lo actual, si no más. ¿Cómo operaría? El fondo, con participación del Estado pero también de muchos inversionistas privados, compraría explotaciones ganaderas en tierras apropiadas y el hato de entrada migraría hacia el modelo silvopastoril. Dado que este tipo de ganadería también protege el medio ambiente, favorece a muchas especies amenazadas e incluso emite mucho menos metano por cabeza de ganado, se podría lanzar una marca para la exportación de los resultantes productos cárnicos o lácteos. Incluso es viable la instalación de una red de frigoríficos, privados o mixtos, para beneficiar de forma eficiente y con bajo sufrimiento a los animales.

Con el tiempo este chaebol colombiano podría convertirse en una sociedad anónima abierta, con una participación decreciente del Estado. Para citar a José Leibovich, algo así sería un desarrollo de las propuestas de Mariana Mazzucato. Dice José en Twitter: “Si este Gobierno quiere avanzar en la orientación de Mazzucato, lo (segundo) que debe hacer es pasar una reforma para que las ÍAS no les caigan a los funcionarios que han emprendido proyectos que pueden conllevar ciertos riesgos”. Por ejemplo, la Fiscalía, que es tan propensa a poner palos en las ruedas de ciertas actividades que usan tierras. La presencia o incluso la mayoría accionaria del Estado en el fondo haría más difícil la parálisis judicial de una determinada explotación, incluso en tierras con problemas de títulos.

El proyecto tendría que ser ambicioso y llegar pronto al millón de hectáreas de ganadería silvopastoril; después pasaría a dos, tres o más millones. Lo dicho antes aquí: en siete millones de hectáreas cabe la totalidad del actual hato ganadero colombiano. Claro, asimismo podría reforestarse buena parte de la tierra que quede libre.

andreshoyos@elmalpensante.com

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