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La felicidad

Andrés Hoyos

08 de febrero de 2011 - 10:08 p. m.

LA IMAGEN MÁS EXTRAÑA DE LA FElicidad quizá sea la de Félicité, aquella criada de “Corazón simple”, el maravilloso cuento de Flaubert. Sí, es posible entender la felicidad como un sentimiento un pelín beato.

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La etimología en este caso es clave. “Felicidad” comparte raíz con fecundus, que a su vez proviene de femina y más atrás del griego thele, que quiere decir ‘pezón’. La sucesión resulta reveladora, pues en su estado puro felicidad es lo que siente un bebé al mamar del seno de su madre. Así, podría decirse que la felicidad del latino es ante todo biológica, lo que plantea la obvia dificultad de discutirla en términos culturales, o sea de referirla a los seres humanos que ya no somos lactantes felices, sino otra cosa.

Para complicar el panorama, los distintos idiomas formaron sus conceptos de felicidad por vías muy diferentes y con énfasis muy variados. Happiness viene de hap, una palabra de origen nórdico que mezcla la buena suerte con la fatalidad. El francés, por su parte, hace mucho que prefiere los conceptos de joie (de gaudere, ‘alegrarse’) y bonheur (literalmente, ‘buen augurio’), desplazando al desván del desuso a la más pesada félicité. Con la felicidad de los filósofos tampoco se llega demasiado lejos, pues esta disciplina estudia lo que nos aleja del origen biológico. Immanuel Kant, por ejemplo, no confió en el término a la hora de adelantar sus pesquisas racionalistas.

La felicidad es por lo tanto una condición incierta e indefinible, entendida de manera distinta por las distintas culturas, lo que no ha obstado para que los estadísticos sientan la tentación de medirla, dando lugar a resultados que con frecuencia nos hacen reír. Colombia, que es un país averiado y martirizado, inmerso todavía en unos niveles de violencia espeluznantes, se ha llegado a ganar la medalla de plata de la felicidad en el mundo. A la luz de los extraños resultados, el entusiasmo académico resulta un poco ridículo, pues en cambio de ponerse a comparar lo que no tiene comparación, podrían empezar por estudiar cómo se entiende el sentimiento en cada lugar.

No soy, desde luego, partidario de pasarla mal, sino que prefiero referir mi vida a palabras más sápidas y adultas, como “alegría”, “diversión” y “placer”. Además, soy escritor y me acojo a la tradición que dice que la felicidad es poco fértil en los territorios literarios. La palabra aparece, pero no domina. Ya Tolstoi decía famosamente que es preferible escribir sobre familias infelices. Los poetas pueden ser incluso más cáusticos que él: “Ser estúpido y tener algo que hacer: he ahí la felicidad”, decía el gran expresionista alemán Gottfried Benn.

Al explorar la frecuencia en el uso de la palabra en los libros escaneados por Google queda claro que el apogeo de la felicidad sucedió en tiempos románticos. Pese a que la Constitución Americana cita su búsqueda como un derecho inalienable, el uso político del término es también problemático. Claudio Magris plantea el problema de la siguiente manera: “Todas las utopías que pretenden tener la receta para la felicidad ajena son totalitarias e insensatas, erróneas”. Yo haría extensiva la precaución de Magris al terreno más amplio de las políticas colectivas, proponiendo que la felicidad no es asunto de burócratas o de sociólogos. Que nos den la educación, el espacio, la seguridad y la libertad para vivir, pero que no pretendan conducirnos a ninguna Arcadia.

andreshoyos@elmalpensante.com @andrewholes

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