El miércoles 12 de agosto, apenas dos días después del pavoroso terremoto que azotó al occidente de Colombia, la calle frente de la Casa Malpensante, la carrera 23, debió ser cerrada a las 5:30 p.m. pues estaba colapsada. ¿La razón? Al lado nuestro queda una sede de la Cruz Roja, por supuesto que no la única de Bogotá. Se anunció que ahí recibían ayudas para los damnificados, y la generosidad del título se vio en todo su esplendor, desbordada, la misma que se presentó en toda nuestra inestable geografía y en muchos países del extranjero. Como dice un dibujo de Vladdo, “nadie estaba preparado para este terremoto... de solidaridad”.
Ojo, lo que a uno le impresiona no es la generosidad en sí, sino la intensidad y duración del fenómeno. La ANDI adelantó durante su asamblea una campaña para recolectar dinero y bienes en especie. Al final llegaron a una cifra por completo inesperada de 202 mil millones de pesos, aproximadamente 62 millones de dólares, quite y ponga lo que quiera el lector por cuenta de la fluctuante tasa de cambio. Nunca en Colombia se había recolectado nada semejante, ni cerquita. Del total, casi la mitad la donó la familia Santodomingo. Un par de días después, la familia de Jaime Gilinski prometió 150 mil millones más, y David Vélez, otros 100 mil. Dice doña Cecilia López a sus 84 años: “Yo jamás (...) había visto una respuesta así del sector privado colombiano”. Pese a la gran cantidad, lo recolectado no alcanzará para cubrir el costo de la reconstrucción, que oscilará entre 20 y 40 billones de pesos.
Al final los muertos por el terremoto serán algo más de 600. El terremoto fue inmenso, por supuesto, si bien han ocurrido otros mucho más letales en países como Haití. Empezando casi ya, vendrá lo que según el gobierno va a ser una suerte de plan Marshall para reconstruir las viviendas y edificios colapsados o dañados. Cabe esperar que, cuando vuelva a temblar, la población estará mejor protegida bajo estas construcciones. Porque claro que volverá a temblar, ojalá no tan fuerte ni tan pronto. Las placas tectónicas están en permanente convulsión. No de otra manera se formó la cordillera de los Andes.
Un terremoto causa muchos daños, pero también trae beneficios. Entre estos últimos, hay uno especialmente bienvenido: por unas semanas, de repente por unos meses, nos será posible escapar a la dolorosa polarización que nos embarga. Sucede que muchos de los “malos” del paseo se han metido la mano al dril y la han sacado llena de billetes. Bien. De ahí que sea preferible resistir la tentación de reiterar la culpa de quienes nos traían por mal camino. Allá ellos con su consciencia. En todo caso, la inmensa solidaridad que ha aparecido con la tragedia nos dice a las claras que podemos convivir, así no seamos iguales ni tengamos las mismas opiniones, intereses o bienes. Cierto, el Estado necesita recaudar más dinero y sobre todo recaudar de mejor forma para poder gastar en lo que la gente sí necesita. Ya algunos se quejarán de que el estatuto tributario permita descontar parte de lo donado de los futuros tributos, al tenor del 25 % en la mayoría de los casos y de hasta el 37 % para algunos con régimen especial.
En fin, de terremotos y catástrofes también está hecha la vida de un país. O sea, no es tan raro, aunque nadie esperaba la intensidad del sacudón ni su duración. El asunto consiste en aprender a lidiar con las calamidades. Al fin, para muchos pesimistas la propia condición humana entraña una calamidad. Yo no soy pesimista, si bien entiendo a quienes sí lo son.