Debo el tema de esta columna a un artículo de David Brooks publicado hace poco en The Atlantic, llamado “How America Got Mean” (“Por qué Estados Unidos se volvió cruel y malvado”). En apretada síntesis, Brooks pertenece a una minoría de minorías: la de los conservadores lúcidos de Estados Unidos que no pueden ver a Trump ni en pintura.
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Al comienzo de su ensayo Brooks cita unas estadísticas que ponen su tesis básica más allá de cualquier duda: hay más depresión, más tristeza, la gente se suicida más y abusa más de las drogas, tiene menos confianza en los extraños. La gente allá y en muchas partes está más sola ahora que hace cuarenta años. No abundan los amigos ni el pensamiento positivo, la idea de que los propósitos que uno se traza en la vida se van a realizar. Hoy es menos común que una persona tenga una meta clara en la vida.
En la naturaleza básica de nuestra especie hay dos pulsiones que compiten. El egoísmo genético de quienes en últimas quieren ganar la carrera reproductiva a como dé lugar y, claro, contra el resto de la especie, y algo más raro, el rasgo eusocial. La eusocialidad se caracteriza por la cooperación entre individuos en una colonia, cuando algunos individuos sacrifican sus propios intereses para ayudar en la cría y el cuidado de los descendientes de otros miembros del grupo. Los humanos son capaces de cooperar de manera altruista, lo que ha permitido la conformación de sociedades complejas, pues si solo predominara el macho alfa —alguien por el estilo de Trump—, el mundo sería apenas una tribu cruel, mucho más reducida de lo que es hoy. El fútbol es un gran ejemplo de lo eusocial: un equipo de once egoístas no gana campeonatos, así los talentos individuales sean grandes.
La eusocialidad predominante se ve en los insectos más exitosos: las abejas, las hormigas y las termitas. Entre ellos predomina la división del trabajo, dictada por los instintos. Como decíamos, en la especie humana lo eusocial compite con el egoísmo, simbolizado por los machos alfa. Existe una oscilación de ambos rasgos, lo que entre otras cosas quiere decir que la vida de intensa colaboración y armonía puede desbaratarse. La moral y la ética pueden ir a parar a la basura. Como dice el psicólogo Jonathan Haidt: “Las comunidades morales son frágiles, difíciles de construir y fáciles de destruir”.
Por fortuna o infortunio, según se quiera mirar el asunto, una persona y su destino se han convertido en el fiel de la balanza entre el egoísmo y la eusocialidad, al menos en Estados Unidos, aunque por ser este el país más poderoso del mundo, el conflicto nos afecta a todos. Hablo de Donald Trump. Si el hombre del peluquín gana las elecciones de 2024, lo que no es imposible, se habrá pasado por la galleta todas las pulsiones e instituciones éticas de su país, con la obvia ayuda de millones de votantes. Trump podría retrasar la recuperación ética de Estados Unidos una década, por lo menos. El suyo sería claramente el triunfo de la mentira. Pero si pierde hasta ahí llegó, ya que los casi cien cargos criminales en su contra, muchos de ellos federales, lo enterrarían. En este segundo caso, habría una oportunidad para la pulsión eusocial, pues queda poca duda de que el sistema judicial, su símbolo central, daría buena cuenta de la amenaza. De modo que no queda de otra que estar atentos. Por lo que valga, yo creo que Trump va a perder las elecciones.