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El conocido ambientalista Gustavo Wilches, escritor, poeta, profesor universitario y doctor en Derecho, ha sido un gran promotor de la noción de la esperanza en Colombia. Una muy propagada conferencia suya se llama “Del deber de la esperanza a la obligación del milagro”. Gustavo es además un estupendo fotógrafo de la naturaleza, tanto de aves y animales como de paisajes, según se puede ver en X.
Hablando de ello, vivimos al vaivén de las redes y de las encuestas, ambas fuentes de taquicardia. En los últimos tiempos y en muchas partes, ambas han estado equivocadas la mayoría del tiempo, con tal cual acierto que mantiene a la gente dando lora. Pensemos, por ejemplo, en la seguridad. El lunes amanecimos con la devastadora noticia que una bomba terrorista dejó treinta civiles muertos en el Cauca, puesta allí por el malvado Iván “Mordisco”. Las noticias de inseguridad, muerte y explosivos surgen a diario en Colombia. Los violentos son dueños y señores de muchas zonas martirizadas del país. ¿Hay manera de defender los caminos que nos llevaron allí? Ya me dirán los lectores. Lo otro, claro, son las noticias de corrupción por todas partes. ¿Lo que nos llevó allí se debe mantener? De nuevo dejo la respuesta a los lectores.
Ojo, no se trata de ser optimista o pesimista, es decir, de esperar un resultado u otro, sino de tener una actitud amable y abierta a los buenos caminos que se nos abren. Eso sí, la esperanza obliga a la acción. Quizá valga recordar una frase latina que se usaba en tiempos de Caravaggio: Nec spe nec metu. “Sin esperanza y sin miedo”.
En las noches a veces me da por explorar las grietas políticas de Colombia y de América Latina. ¿Qué las causa? ¿Por qué no parece haber cemento ni estuco que las sane? ¿Tiembla todo el tiempo y el terreno es movedizo? Algo así, algo así. Los políticos, incluso los sanos que a veces surgen en nuestros países, al final de todas las cuentas son indisciplinados. Aquí y allá lanzan proyectos buenos, útiles, pero lo más normal es que después venga otro con otra línea y desmonte todo de forma general o, por lo menos, parcial.
No voy a descubrir el agua tibia si digo que, bajo un régimen democrático, se rotan las personas en el poder y que eso, lejos de ser un problema, es una necesidad. Un signo casi seguro de que bajo apariencias a veces “democráticas” se esconde un dictador es cuando esa persona dura en el poder nueve, diez, quince, veinte años o más. Solamente bajo un régimen parlamentario, que no existe en América Latina, puede alguien democráticamente durar más de diez años en el poder, con la aclaración de que el poder reside en el partido que sostiene al líder, diga usted Angela Merkel, no en la persona en sí.
Volvamos ahora a la encrucijada colombiana. El país está inmerso en un maremágnum de proporciones trascendentales. Hay opciones para buena parte de los gustos. El voto en las elecciones que tendremos a fines de mayo y de seguro tres semanas después, en junio, es un acto personal y privado. Por supuesto que hay constantes intentos de manipular a los electores y de comprar sus consciencias o su voto, si bien yo me resisto a creer que en su mayoría los colombianos sean borregos. O sea, allá en el puesto de votación, usted va a estar solo o sola con su tarjetón y puede marcarlo como desee. Debe marcarlo como desee. Las dichosas encuestas dicen que aún hay muchísimos indecisos, así que piénselo bien. De usted, un inmenso usted colectivo, depende nuestro futuro.
