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21 Jun 2011 - 11:00 p. m.

La Mano Negra

DESDE QUE TENGO MEMORIA POLÍtica, he oído hablar de la "Mano Negra", pero no sé de nadie que haya podido explicar con claridad qué es. El presidente Santos sacó a relucir la frase el otro día, y no, él tampoco parecía tener ni idea.

No creo ni por un momento en la leyenda que en su día echó a andar López Michelsen, según la cual la Mano Negra era una junta de empresarios, comandada por Hernán Echavarría Olózaga, que querían oponerse a su MRL (movimiento “revolucionario” liberal), el caballo de Troya con el que engañó a medio mundo. Sí, quizás esos empresarios se confabularon para escatimarle la publicidad, pero no hay evidencias de nada más.

Leí que todo empezó con unas manos negras que aparecían pintadas en las paredes a comienzos de los años sesenta por los enemigos de la Revolución cubana, otra posible pata de la leyenda. Una revisión de los archivos indica que lo más común es que se hable de Mano Negra cuando algún grupo de desalmados emprende una campaña de “limpieza social”, destinada a asesinar indigentes, drogadictos, prostitutas y pequeños delincuentes, pero esa parece ser apenas una manifestación periférica de algo más profundo. La Mano Negra es más obviamente un fenómeno de extrema derecha —aunque aquí la extrema izquierda no ha dejado de participar en todas las tradiciones macabras—, enquistado en una o varias dependencias del Estado, al que luego se suman espontáneos fanatizados. Lo que nunca ha sido fácil precisar es quién los dirige.

Miremos el asunto desde una óptica diferente. En la ecuación de la violencia política colombiana hace mucho que falta algo o, para decirlo de otro modo, que se perciben rastros ocasionales de agentes violentos sin identificar que aparecen y desaparecen, complicando el panorama. Dos asesinatos prominentes, el de Álvaro Gómez y el del exministro de defensa Fernando Landazábal, ilustran muy bien el enigma. Sus muertes no tuvieron sentido cuando ocurrieron, pese a las teorías estrafalarias propaladas por unas cuantas mentes calenturientas, pero mucho menos se explican hoy, 15 años después. Ni hablar de que ambos casos están cada vez más lejos de resolverse. Los dos hombres eran conocidos como militantes de derecha, incluso de extrema derecha, pero ambos estaban retirados y eran inocuos cuando los mataron. ¿Quién los mató y por qué? Fácil: los mató la Mano Negra, o sea, nadie. La Mano Negra surge así como un símbolo de la opacidad y de la impunidad, como una suerte de marca registrada.

La recurrencia de los crímenes que comete la tal Mano Negra lo lleva a uno a pensar que se trata justamente de un subproducto maligno de la incapacidad estatal. La Mano Negra mata porque le queda fácil matar, porque el Estado colombiano está lleno de rincones oscuros que nadie controla, porque hay mucho loco suelto. Piénsese en la inmensa cantidad de “profesionales” que participan o han participado en los frentes de la violencia, y piénsese que algunos de ellos se agrupan por un tiempo para cometer barbaridades, a veces políticas, a veces sociales, y luego se dispersan.

Sea de ello lo que fuere, el concepto de Mano Negra entraña una resignación muy dañina. Su recurrencia no cesará hasta que el Estado no pierda esa catadura impenetrable y hasta que, una a una, cada mano negra no sea identificada por sus huellas dactilares particulares y aparezcan los criminales de carne y hueso. Mientras tanto, se seguirán acumulando los muertos sin verdugo.

andreshoyos@elmalpensante.com @andrewholes

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