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La marea filantrópica

Andrés Hoyos

30 de septiembre de 2008 - 09:31 p. m.

HUBO UN TIEMPO, HACE YA VARIAS décadas, en que los músicos se dedicaban a componer música, a pasarla bueno y a nada más. Frank Sinatra cenaba rubia al vapor cuando le daba por ahí, Elvis Presley retaba a los ortopedistas con sus movimientos pélvicos para luego irse a dar en la cabeza con el psicotrópico del día y Bob Dylan dejó a sus fans plantados cuando lo quisieron convertir en un profeta de los tiempos cambiantes.

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Tenía, al parecer, cosas más importantes que hacer que lidiar con un montón de huerfanitos despechados, cosas como escribir poesía. En general, la gente en los dorados sesenta iba a festivales como el de Woodstock, donde fumaba marihuana, metía ácido, bailaba con frenesí y hacía el amor bajo la luz de la luna. Me da ganas de ponerlo en latín: o tempora! o mores!

Cundió entonces una tremenda hambruna en la república secesionista de Bangladesh en 1971, y a George Harrison, el Beatle callado, se le ocurrió organizar en el Madison Square Garden de Nueva York, junto con Ravi Shankar, un concierto que, por lo novedoso del enfoque, se volvió legendario: “Concert for Bangladesh”. Harrison incluso compuso la bonita aunque lacrimosa canción emblemática del evento.

Corte a 2008. A estas alturas ya no queda ni rastro de la antigua inocencia: la música se convirtió en un commodity como los demás y se empaqueta de la misma manera que los jabones y las papas fritas. La doctrina de mercadeo más aceptada dice que es indispensable agregar a la cocción una dosis de la pócima de Harrison, de suerte que uno no puede abrir un periódico o encender un televisor sin que lo salpique la marea filantrópica. Podríamos citar las andanzas de Bono, pero debe bastarnos con la lujuria filantrópica de nuestros créditos locales. La más avanzada en la materia es Shakira, quien saltó de su propia Fundación Pies Descalzos a ALAS (América Latina en Acción Solidaria), una alianza que incluye a millonarios como Carlos Slim. Juanes, aunque todavía no ha encontrado un nombre pegajoso para su proyecto, no capa evento de la Cruz Roja o de ACNUR. Los dos, claro, más otro resto de colegas, se hicieron presentes en la liberación de Íngrid Betancourt y nos sermonearon de lo lindo.

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Los problemas a los que toda esta beneficencia se dirige existen y son graves, pero otro cantar es saber si su gravedad cede después de los bombardeos mediáticos. Ya se sabe que una de las falencias centrales de la filantropía es que no bastan las buenas intenciones, sino que hay que tener mucho tino a la hora de focalizar los programas. Pero, claro, para los músicos la eficiencia de los resultados es mucho menos importante que la espectacularidad del sonsonete utilizado. Dicho de otro modo, estos músicos por lo general no tienen ni la menor idea de lo que hablan cuando hablan de problemas sociopolíticos. Contratan, entonces, a unos “expertos” que en ocasiones saben más de la materia, y en otras menos, que los propios músicos. Del lado opuesto de la valla estamos los confundidos espectadores, cansados de ser objeto de la incesante mensajística.

Lo peor, sin embargo, es que a la música se la lleva el diablo con todo este mercadeo sofisticado. En los tiempos prefilantrópicos, Sinatra, Presley, los Beatles y Dylan, para no hablar de Chopin y de Tchaicovsky, eran artistas genuinos, entre otras razones porque no tenían una nube de asesores y de arreglistas dedicados a desnaturalizar sus creaciones. Lo de hoy es más un homenaje a Frankenstein. Ya se sabe que un camello es un caballo diseñado por un comité. Estamos, pues, ante el feo camello filantrópico que suena a papa frita.

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andreshoyos@elmalpensante.com

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