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9 Dec 2020 - 3:00 a. m.

La Niña malcriada

Esta es la cuarta vez que escribo la misma columna, claro, con otras palabras para no engañar a nadie y con tal cual detalle reciente.

La amplísima e intrincada orografía colombiana ha sido uno de nuestros grandes retos —son impagables los trenes sobre nuestras cordilleras, las carreteras se derrumban, sobre todo por falta de túneles, y cada tantos años las sequías producen estragos—, pero a nadie le cabe duda de que en últimas las montañas nos traen una inmensa riqueza: el agua. Sí, contienen otros minerales, una inmensa biodiversidad, posibilitan cultivos como el café, el cacao, el aguacate y demás frutales, las hortalizas, pero sobre todo nos aportan millones de toneladas del líquido de la vida. El agua, cuya escasez es tan sentida en tantos países, aquí abunda. ¿Abunda? En efecto, y como suele pasar con tales abundancias, en ocasiones sobreabunda, por ahí cada diez años. También hay sequías, aunque ese no ha sido el caso de 2020 ni en el momento el tema es de recibo en una columna.

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