El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

La prudente distancia

PUBLICIDAD

Una contrarrevolución puede ser tan dañina como una revolución. No voy a centrarme en la abierta manipulación que vivimos durante los cuatro años anteriores porque justamente hubo cambio de gobierno y quienes ahora están manoseando las artes y la cultura son los miembros del gobierno de ADLE. Para la muestra, lo que acaba de pasar en el Museo Nacional, institución que, por supuesto, no fue un dechado de virtudes bajo el mandato anterior. La conclusión inevitable es que algo funciona mal en el esquema.

Existen formas probadas de escapar a la sin salida en la que estamos y me parece clave contar de manera breve la forma en que otros países, en particular Gran Bretaña, gestionan el tema. Por supuesto que no son soluciones blindadas, tanto que allá también hay movimientos y estallidos con frecuencia, si bien parten de una base mucho más sólida. Terminaba la Segunda Guerra Mundial cuando la famosa isla decidió ensayar un cambio sustancial en sus instituciones culturales, empezando por los museos de todo tipo y los aportes que el Estado debe hacer a la cultura y las artes, las cuales allí, como en el resto del mundo, no la tienen fácil cuando de cuadrar las cuentas se trata, con tal cual excepción. Al mismo tiempo, les parecía esencial que los artistas y los creadores mantuvieran su independencia. No es secreto para nadie que los practicantes de las artes se suelen inclinar hacia la izquierda, en algunos casos, hacia movimientos revolucionarios con tácticas muy cuestionadas. Exigirles expulsar a los amigos de la dinamita no es tan fácil porque en muchos casos las toldas se vaciarían.

Intervino entonces el célebre economista John Maynard Keynes. Su propuesta fue que se tendría que instalar una prudente distancia (arm’s length) entre las instituciones encargadas de promover y financiar las artes y la cultura, y el Estado, a pesar de que este último debía pagar las cuentas. El vehículo para hacer esto fue lo que con los años se llamó el Consejo para las Artes de Gran Bretaña (Arts Council of Great Britain). O sea que el Estado gestiona las organizaciones, asigna los dineros con criterios establecidos por grupos o consejos autónomos, evita que la plata se pierda, pero –ojo con esto, porque es clave– no dicta las políticas ni establece las líneas programáticas.

La BBC es el gran ejemplo de éxito de la dichosa prudente distancia. Como se sabe, la organización empezó siendo privada en 1922, aunque después fue absorbida por el gobierno inglés. Claro que el servicio de noticias no tiene una tradición impecable. De tarde en tarde se descacha feo. Sin embargo, las visiones extremistas tampoco se han apropiado de él.

Regresado a Colombia, aquí están en discusión unas “obras” que había en el Museo Nacional y que fueron reforzadas por el gobierno izquierdista pasado, llenándolas de fichas mal escritas y sesgadas. Ahora tiene lugar la batalla cultural planteada por el gobierno de ADLE que implica una purga muy maluca en el sentido contrario. ¿Es necesario todo esto? No, además porque la influencia de todo ello en un sentido u otro ha sido muy menor. Mucho más impacto tienen las paredes vacías.

No es tan sencillo instalar un esquema virtuoso, tolerante y abierto, donde nunca lo ha habido. Aclaro que no soy partidario de la agenda woke y que estará bien irla desmontando, pero sin revanchismos ni censura. Lo que debe primar es la discusión, la ilustración y las evidencias que se puedan mostrar en un sentido u otro, no el carpetazo o la palmada sobre la mesa.

andreshoyos@elmalpensante.com

Conoce más
Ver todas las noticias
Leer más
Leer más