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Venezuela, después de 27 años del devastador tsunami chavista y de dos terremotos catastróficos este año, tiene una deuda externa de 240 mil millones de dólares. ¿A ver? Sería de una obviedad casi tonta decir que esta deuda, además de injusta, es simplemente impagable. Tanto así que el veterano financista venezolano, Miguel Rodríguez Fandeo, dice que se debe aplicar una quita de por lo menos el 90 %. ¿De cuánto? Como lo oyen, de por lo menos el 90 %, o sea que habría que reducir el total a 24 mil millones de dólares, incluso a menos.
Según eso, casi toda la plata que figura como deuda en los libros de Venezuela se perdió. ¿Dónde se perdió? Empecemos por las fauces de los voraces chavistas del pasado que se apropiaron del grueso, dejando unas migajas para las pocas gestiones del Estado. Es posible que más adelante haya manera de intentar cobrar a los ladrones al menos una fracción de su botín, pero lo que no se puede hacer es obligar a los ciudadanos venezolanos a hacerse cargo del resto de esta deuda.
Por supuesto que habrá perdedores, es decir, personas o instituciones que aportaron inicialmente el dinero después robado. ¿No sabían del riesgo? Sí y no o todo lo contrario. La mayor parte de lo que hoy figura en los libros fue aportada por inversionistas privados mediante la compra de bonos soberanos y de PDVSA, seguidos por préstamos bilaterales, especialmente de China, y en menor medida de Rusia. ¿Esta gente no sabía que Chávez y sus colegas eran unos ladrones irredentos? Imposible que lo ignoraran, así que con su pan se comen los resultados catastróficos.
El mundo de las transacciones financieras produce un agregado de beneficios enorme, de modo que las quitas ocasionadas por los robos y las injusticias se pueden absorber con facilidad con cargo al gran margen del que gozan. Además, la moraleja es clara: asegúrese usted de que los créditos desembolsados se van a destinar a labores útiles para los pueblos deudores. En esos casos, ellos estarán interesados en pagar puntualmente los vencimientos que vayan llegando para no perder acceso a los recursos luego. Pero si pasa por la caja fuerte una horda de malandros y se alza con el botín, otro es el cantar. Venezuela es el mejor ejemplo de todos. Los amigos y los familiares de Chávez, Maduro, Diosdado Cabello y demás ladrones tienen cuentas cuantiosísimas en paraísos fiscales. Debería organizarse algo para poderles echar mano. Claro, las pérdidas ocasionadas por las quitas propuestas son una magnífica manera de establecer un precedente.
La historia de las quitas internacionales de la posguerra es clara: Alemania, por ejemplo, tuvo una reducción de su deuda superior al 50 % en 1953, sin duda tomando en cuenta los antecedentes de la Primera Guerra. El Plan Brady en 1989 también ofreció quitas que rondaron el 40 %. Polonia obtuvo una reducción del 50 % en 1991. El Club de París en 2005 acordó una reducción de alrededor del 60 % de la deuda de Nigeria.
La clave estaba en que cualquier condonación se hacía a cambio de reformas y disciplina económica. En contraste, Venezuela debe, primero, detener el robo y el saqueo. Así, a los dictadores y a su entorno se les volverá más difícil y mucho más costoso ejercer el mando, y los Ortegas de este mundo lo pensarán dos veces antes de usurpar el poder. Entonces la respuesta a la vieja pregunta de Echandía “¿el poder para qué?” ya no va a ser que el poder es para poder robar barato y manos llenas. El efecto sobre múltiples países será muy benéfico.
