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Los estragos de la bebida

30 de septiembre de 2026 - 12:05 a. m.

El tema de esta columna me surgió de un libro de memorias que vamos a publicar el año entrante y que en inglés se llama: Drunk Mom, o sea, “Mamá borracha”. Me ofrecí de traductor. Todavía no lo leo completo, así que a lo mejor el tema alcance incluso para una segunda columna que podré publicar en 2027, je, je. La autora del libro es la escritora polaco-canadiense Jowita Bydlowska. En paralelo con la publicación, se va a rodar en Colombia una película, basada en una adaptación de las memorias. Será una coproducción de Colombia y Argentina (Ganas Producciones, Laberinto y Tarea Fina), la protagonizará la actriz Marcela Mar y será dirigida por Natalia Smirnoff.

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Cuando el alcoholismo se instala con fuerza en la vida de alguien como Jowita, es decir, cuando la persona bebe de manera patológica, el vicio tiene una fuerza en extremo poderosa, incomparable digamos con la afición de la mayoría de los bebedores de ocasión que abundamos en el mundo. Lo jodido es que cuando alguien empieza a beber, no sabe si en sus genes o en su personalidad anida un peligro grave o no. Sin embargo, los signos de alarma son claros. Quien bebe debe poder parar a voluntad, no debe padecer cambios drásticos de personalidad después de dos tragos y no debe ser copisolero habitual. Incluso tiene que poder pasar algunos días sin beber nada y sin que eso le ocasione estrés. Yo, por si acaso, presumo pertenecer a la mayoría de quienes, aunque bebemos, no nos dirigimos a una muerte por cirrosis al final de la vida.

Sí es necesario dejar sentado que hoy la tendencia en los países de occidente es consumir mucho menos alcohol que hace medio siglo. Uno conoce a gente que bebía con moderación y ya no acepta ni una copa de vino; a veces ni siquiera una cerveza. La noticia tal vez sea buena, si bien la actitud implícita es un pelín exagerada, si quieren mi opinión.

Todo indica, sin embargo, que Jowita Bydlowska pertenece al primer grupo. Tanto que ya ha publicado incluso una secuencia de su libro original, sobre la recaída que tuvo después del éxito original de las memorias, las cuales terminan, me dicen, con ella ya sobria. Cierto sí es que su origen centroeuropeo debería ser otra alarma: es de familia polaca, un país que al igual que otros en el vecindario tiene tasas muy altas de alcoholismo, según se puede ver en calles y plazas. Pasa lo mismo en Rusia, la endiablada Rusia, otra tierra de alcohólicos belicosos.

Bueno, pero todo ello al menos promete una película emocionante y ya nos ha dado dos libros ídem. Porque también hay borrachos que no hilan palabra y que solo hacen estragos en la vida de la gente y en la propia. Claro que asimismo abundan los testimonios de la relación aparentemente fértil entre los estados alterados y la creatividad artística, destacándose entre ellos el alcohol. ¿Mi consejo? Aprenda mejor a ser un artista seco. Escribe Rosa Montero, vaya un a saber si como posible moraleja: “El alcohol es la plaga mayor de los escritores, en especial durante el siglo XX. De los nueve premios nobel de literatura norteamericanos nacidos en Estados Unidos, cinco fueron desesperados alcohólicos: Sinclair Lewis, Eugene O’Neill, William Faulkner, Ernest Hemingway y John Steinbeck”. Se me ocurre comentar que si usted tiene el talento que ellos tenían, beba lo que quiera a la hora que quiera y deléitenos con sus obras maestras, pero si no lo tiene, mejor guarde las botellas en la alacena a la hora de escribir.

andreshoyos@elmalpensante.com

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