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Los intelektuales

Andrés Hoyos

08 de marzo de 2011 - 10:22 p. m.

LOS INTELEKTUALES CON K SE PArecen a los verdaderos en la envoltura: escriben ensayos y libros, investigan en bibliotecas, citan a Kant, a Aristóteles y a Marx, lanzan cartas abiertas, en fin, se dedican a eso. La principal diferencia estriba en que los con K tienen un defecto adquirido que los predispone a doblar la cerviz y a hacer genuflexiones: son serviles.

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El servilismo de ultimísima moda está dirigido a la casa K, conformada por los esposos Kirchner, el fallecido Néstor, y Cristina, la actual presidente de Argentina. Los K tal vez den la medida de la desorientación presente de los argentinos, pero el peso no les alcanza para más. Son apenas los usuarios dominantes del peronismo, una ideología mutante e incierta, sin mayores “ideas” y con poca “logía”, fiel únicamente al populismo. Por extraño que parezca, en el origen de todo no está ningún pensador de peso, como Marx, Weber, Maquiavelo o Platón, para mencionar a un manojo muy diverso, sino Juan Domingo Perón, un coronel inescrupuloso y afortunado que dispuso a su placer de un Estado enriquecido por la Segunda Guerra Mundial. Perón no exhibió nunca aptitudes intelectuales de ninguna consideración. A lo sumo se recuerda su desprecio por los miembros destacados de la cofradía que no se sometían a su mentalidad montonera. A Borges, para no ir muy lejos, lo sacó de una biblioteca municipal y lo quiso convertir en “inspector de aves y conejos”, honor que el escritor rechazó indignado.

El origen de la palabra en cuestión por una vez es revelador. Intellectuel era un adjetivo más o menos corriente del francés, cuando Émile Zola publicó en 1898 su famoso manifiesto J’accuse, en donde denunciaba los abusos y el antisemitismo del Estado francés en el caso Dreyfus. Zola fue procesado, lo que —pequeño detalle que pasan por alto los intelektuales— condujo a una famosa carta abierta firmada por 1482 figuras prestantes de todos los campos del saber, que desde entonces empezaron a ser conocidos como “intelectuales”. Así nació el sustantivo, de un reto al poder, lo que como mínimo debía de precaver a los sucesores contra el servilismo.

En general a los intelectuales y artistas les ha ido mal, y en ocasiones pésimo, en su relación con la política. El político tiene varias cosas que lo predisponen a ganar la partida: hígados, astucia, pericia ideológica, poder y dinero. El intelectual apenas cuenta con su conciencia, una chica a la que se le pueden suministrar somníferos muy variados: cargos públicos, honores, premios y sentimentalismo político. Eso por el lado de las zanahorias. Por el lado del garrote, están la cárcel, la exclusión, la miseria e incluso la muerte. Recordemos apenas a unos cuantos intelectuales que han enlodado su reputación por cuenta de la política: Neruda, García Márquez, Cortázar, Celine, Pound, Degas, Sartre, y sigue un larguísimo etcétera. Tampoco salen bien librados Borges o Vargas Llosa, la bestia negra de los intelektuales argentinos.

Dados los antecedentes, uno estaría tentado a desestimular el activismo político de artistas e intelectuales. Sin embargo, habría en ello un derrotismo inaudito. Además, existen intelectuales de peso que arbitran muy bien su relación con la política, así de tarde en tarde flaqueen. Lo que sí resulta indispensable es arreciar en la crítica y señalar una y otra vez que la palabra “intelectual” no se escribe con K ni con ninguna otra de las iniciales del poder.

 

andreshoyos@elmalpensante.com @andrewholes

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