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Pocas frases más comunes a la hora de dar peso a una opinión que decir: "Como nos enseña la historia...". Pero, ¿qué nos enseña la historia?
La historia fue una de las invenciones intelectuales decisivas que los griegos legaron a la humanidad y sería una solemne idiotez decir que no nos enseña nada ni sirve para nada. Más difícil, en cambio, sería precisar qué enseña y para qué sirve exactamente.
Una frase famosa, de origen incierto, asegura que “los que no conocen la historia están condenados a repetirla” (Lenin y Santayana la citan más o menos al mismo tiempo; otros afirman que la dijo Edmund Burke antes, pero no precisan ni el libro ni el periódico en que aparece). Según eso, la historia sirve para no repetir los errores del pasado. Paul Valéry, sin embargo, tiene al respecto una objeción inquietante: “La historia es la ciencia de las cosas que no se repiten”.
Aunque hay excepciones —pienso en Churchill—, es muy poco usual que los historiadores gobiernen y menos aún que ejerzan como agentes conscientes de la historia. Piénsese en el día a día de un gobernante y se entenderá que para él la historia es una preocupación del todo subsidiaria. Su objeto es promulgar una ley, aprobar un presupuesto, ejecutar un proyecto, vigilar a un ministro, capturar a un bandido, asistir a un homenaje o incluso hacer alguna maldad, no pasar a la historia.
Los pueblos tampoco le son permeables. Bajo una dictadura, la historia es martirizada. ¿Acaso Fidel Castro invoca a un Martí histórico? Imposible, el personaje ha sido sometido a la profunda distorsión que exige la propaganda del régimen. Bajo la democracia, los usos de la historia son apenas un poco mejores. El electorado es olvidadizo, manipulable, sentimental y repite sus errores con pasmosa frecuencia.
Parecerá una paradoja, pero sólo la reiteración catastrófica de un mismo error o los daños infligidos por ciertos cataclismos tienen la suficiente potencia como para erigirse en lecciones históricas más o menos perdurables. La palabra “racismo” no era peyorativa hasta que la experiencia nazi no demostró el peligro colosal que su ejercicio indiscriminado implicaba. El desprestigio relativo de la guerra ha requerido de los fracasos recientes en Irak, Afganistán, Chechenia, y antes en Angola y Vietnam. Hoy los políticos tal vez sí piensen que la guerra es el último recurso.
Pero quizá la principal lección de la historia sea la lenta comprobación de que la democracia es el sistema político menos malo que existe, porque al limitar el ejercicio del poder limita su daño potencial. El despotismo ilustrado tuvo que generar calamidades sin número, las dictaduras tuvieron que asesinar masivamente a sus súbditos, la anarquía tuvo que desembocar en varios franquismos para que esta lección se entienda. De ahí, entre otras cosas, la importancia histórica de la China de hoy. Sus gobernantes están aplicando, con gran éxito aparente, un modelo antidemocrático que entraña un grave peligro.
La historia es un condensado muy apretado de los sucesos y protagonistas del pasado y, como tal, no puede ser objetiva, aunque sí puede abstenerse de recurrir a métodos tramposos. Su absorción es lenta y crea un contexto. Por ello, es crucial que tenga un alto protagonismo en la vida educativa, donde su enseñanza ha de ser abierta y polémica, nunca dogmática o de manual. Ah, y no tiene por qué ser aburrida. Si yo fuera historiador —no lo soy–, me preocuparía de aprender a escribir bien.
andreshoyos@elmalpensante.com @andrewholes
