Convencer es un verbo benemérito que se conjuga poco en la vida real. Rara carencia, pues uno suele ver mucha gente equivocada, empezando por el señor desentejado que me sale todas las mañanas al espejo. El ego desatado no ayuda a escribir, aunque valga la verdad tampoco ayuda la fobia contra el ego. Sirve lo que suele llamarse la sindéresis. Apenas me entere de dónde queda la farmacia en que la venden, les cuento.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Lo primero sea decir que –si el ladrón juzga por su condición– yo he sido convencido en bastantes ocasiones de cosas en las que antes no creía, pese a tener convicciones firmes. Trato de partir de la duda, a pesar de que no siempre lo consigo. La duda, ya lo sabía Sócrates, es el mejor punto de partida, pues abre numerosos caminos, mientras que la certidumbre es como una vía férrea por la que uno siempre llega a lo mismo. Conviene reinstalar la duda como método de indagación. Si las cosas no están bien, de repente es porque los que tuvieron poder en su momento no dudaron lo suficiente.
Mirar aunque solo sea a vuelo de pájaro la historia de un país como Colombia lo convence a uno de que el sartal de equivocaciones cometidas en todos los ámbitos es inmenso. Bueno saberlo, señor tan falible. Pues sí, soy falible pero tengo muy claro que es más fácil ver errores que proponer grandes soluciones. Afinando un poco surge una pregunta obvia: ¿sí vamos tan mal en Colombia como dicen ciertas encuestas? Mi respuesta, desde luego que preliminar, es la vieja paradoja: sí y no, o todo lo contrario. Basta con echar un vistazo al vecindario para ver países mucho más emproblemados. Al mismo tiempo, la historia de Corea del Sur le da a uno envidia, entre otras razones porque por el camino pasaron de la dictadura a la democracia sin frenar su espectacular desarrollo.
Una costumbre muy maluca que ha arreciado en tiempos recientes en todo el mundo es atacar a otros a mansalva a partir de certidumbres, la mayor de las veces dudosas, cuando no claramente falsas. O sea, una persona tomó un riesgo, asumió un trabajo difícil, se la jugó por una u otra solución, unas cosas le salieron bien y otras tal vez menos, y llega el sabiondo de las redes sociales a ensañarse con él.
Bien, ahora pasemos a usted, querido lector o querida lectora. ¿Tan seguro/a está de su propia infalibilidad? Examine las opiniones que tenía, digamos, cinco o diez años atrás y cuéntenos si se sostienen y si previó lo que después pasó. Ah, y no nos limitemos a la política, donde los errores son bastante comunes, consideremos otras actividades. Espero las respuestas.
Rara que es la condición del conocimiento. Cada vez que uno adquiere mayor cantidad, nota también la cantidad creciente que le falta por obtener. Supongo que no tendré que decir, por obvio, que el mundo se vuelve día tras día más complejo y tal vez más incierto. Uno tiene los que se llaman valores, y eso está bien. Sin embargo, en ocasiones hay que poner en suspensión alguno de ellos. Insisto, por si acaso, en que hay un gremio en el que los errores y la traición a los valores se repiten con endiablada frecuencia: la política. Las buenas soluciones se ven con los años, cuando ya pa qué. Ojalá alguien hubiera tenido el valor de tomar aquel gran riesgo cuando tocaba. Pero no, los políticos casi nunca toman grandes riesgos, con las consabidas y envidiables excepciones.