Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Un célebre filósofo americano, John Rawls (1921-2002), proponía su “velo de la ignorancia”, que consiste en que antes de proceder a cualquier análisis, una persona no puede saber absolutamente nada sobre la propia identidad ni sobre el lugar que ocupa en la sociedad actual o futura. Dicho de otra manera, estimada lectora o lector, apague todas las luces y mírese al espejo. ¿Qué ve?
Ahora encienda la luz y escarbe en su pasado con el mencionado velo en mente. Pongamos que unos meses antes de su nacimiento –nueve, para ser más exactos– su padre esbozó una sonrisa y tuvo con su madre una cópula sin protección. La descarga seminal fue más o menos profusa, lo que significa que los espermatozoides fueron varios millones, por lo general más de veinte. Todos emprendieron una carrera loca hacia la parte alta del útero, donde había un óvulo expectante. Un buen número de ellos llegó y se agolpó en la membrana, pero apenas uno –no fueron dos ni tres, pues no hay gemelos en su familia– pasó y fertilizó el óvulo. Esta es la primera gran obra del azar en la vida de una persona.
Con el paso de los meses, el embarazo se desarrolló sin demasiados contratiempos y un bebé nació en la fecha exacta que hoy figura en su cédula. Después vino el resto de las obras del azar: usted encontró que tenía dos hermanos, por ejemplo, y tuvo la ocasión afortunada de ser amamantado por su madre durante seis meses, lo que contribuyó mucho a elevar sus defensas fisiológicas.
Lo anterior es para recordar que en la inmensa mayoría de cosas que a cualquiera le pasan, el azar figura como fuente por encima de todo, o sea que el destino y ese resto de fantasías sobre el devenir que abundan por ahí, empezando por las religiones, no aplican. Usted, por ejemplo, es colombiano, no suizo, escandinavo ni mongol, y tiene un apéndice en la parte baja de la ingle, lo que en términos muy generales significa que es hombre, aunque no necesariamente heterosexual. Asimismo, es más o menos despierto, o no tanto, y por azar tuvo una serie de oportunidades en la vida, estudio, vida social, familia, que otras personas no han tenido.
Ahora bien, usted no se llama Donald y su apellido, por fortuna, no es Trump, de suerte que no tiene la costumbre inveterada de mentir tiro por tiro o de decir un sartal de pendejadas. Por fortuna tampoco vive en Cuba, de suerte que no pasa grandes aprietos para comer, ni en Ucrania, así que no tiene que temer sorpresivos ataques de misiles por las noches. Tampoco es haitiano, ni nació en uno de los países más pobres de África, de modo que hambre física no pasa.
Ha pasado el tiempo y aún no tiene enfermedades autoinmunes, ni cáncer o alzhéimer: apenas se le olvidan algunos nombres y tiene distracciones que no conducen a catástrofes. Según todo eso, usted es más o menos afortunado, pese a tener la absoluta certeza de que esa fortuna llegará un día a su fin, puede que pronto, puede que dentro de unos años.
Hay un posible corolario a las premisas del “velo de la ignorancia” de John Rawls, según el cual las leyes a veces provienen de que quienes jodieron a los demás en el pasado ahora quieren evitar que los jodan a ellos mismos con las armas que en su momento usaron. Eso es válido y tal vez implica que usted se volvió tolerante, tiene curiosidad por las opiniones de los demás y se reúne con la gente a departir sobre temas varios, entre ellos la política. En fin, ya que es obra de azar, mejor sea una buena obra del azar.
