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Omaira

Andrés Hoyos

17 de noviembre de 2010 - 12:07 a. m.

OMAIRA SÁNCHEZ, LA NIÑA QUE VImos morir en Armero hace 25 años, es un símbolo de nuestra impotencia.

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Estuvo atrapada viva en el fango durante 72 horas, sin que nadie fuera capaz de rescatarla. Para lo que sí hubo tiempo de sobra fue para tomarle muchas fotos y videos que la muestran con los ojos abiertos como platos y con una mirada que aún hoy nos quema la retina. Omaira les decía a los reporteros y a los socorristas que le ayudaran a estudiar para un examen de geografía que tenía al día siguiente y hasta se dolía porque iba a llegar tarde a clase. La imagen de su rostro resignado me ha parecido desde entonces un reproche vivo, una acusación colectiva a Colombia.

¿Por qué no pudimos rescatarla? Porque éramos un país inviable. Me dirán que la retrospectiva es una ciencia exacta y que eran otros tiempos, mucho más precarios que los de hoy. Aun así estoy seguro de que su rescate tenía que ser relativamente fácil. Omaira tenía el cuerpo recubierto de fango y las piernas atrapadas entre los escombros, pero estaba localizada. Su condición no era nada que unos gatos hidráulicos y una motobomba, de las que necesariamente abundan en una zona agrícola como los alrededores de Armero, no hubieran podido solucionar. Sin embargo, las imágenes muestran a los socorristas haciendo palanca con palos, trabajando con las manos y usando cuerdas casi de juguete. ¿Por qué fue tan tibia la ayuda de la Policía y del Ejército? Según le dijo al New York Times el ministro de Defensa del momento, el general Miguel Vega Uribe, no se hicieron presentes ¡porque había demasiado barro! Los fotógrafos y los reporteros, claro, llegaron con facilidad hasta la niña.

Omaira no fue la única víctima de la desidia oficial de ese día. Murieron con ella muchos otros, algunos porque los escasos helicópteros eran capaces de izarlos lejos del peligro, otros por cualquier descuido trivial, la mayoría porque nadie llegó a tiempo a ayudarles. Colombia en los años ochenta era un país derrotado y las catástrofes naturales, al igual que la matazón política y el narcotráfico, nos parecían una suerte de plaga bíblica que había que aceptar con cristiana resignación. Omaira, me temo, fue víctima de ese fatalismo, de la incapacidad de preservar, no ya la vida de una niña de trece años atrapada en el fango, sino la de miles que vivían en peligro. Ministros como Lara Bonilla, candidatos presidenciales como Galán, Pizarro y Jaramillo, directores de periódico como Guillermo Cano, y por ahí derecho decenas de miles de compatriotas que estaban en riesgo por una u otra razón, fueron abandonados a su suerte. La muerte era barata en Colombia en ese entonces.

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Parecerá anecdótico, pero la impotencia con el tiempo puede convertirse en superstición. Ahora resulta que Omaira Sánchez hace milagros. Bajo los cuatro árboles ya frondosos que dan sombra en el lugar de su muerte —el cadáver de la niña fue dejado allí, tras recubrirlo de cal—, pasa una romería constante de gentes que van a pedirle favores y a rezarle plegarias. El lugar se ve cubierto de placas en agradecimiento por los beneficios recibidos.

Allá la gente con sus fervores. Yo diría, sin embargo, que la moraleja de la absurda muerte de Omaira tiene que ser otra: no hagamos de la fatalidad virtud, no fetichicemos la muerte, mejor revaloricemos la vida. Así nos aseguraremos de que las Omairas del futuro no van a morir a causa de nuestra impericia y de nuestra indolencia.

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andreshoyos@elmalpensante.com @andrewholes en Twitter

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