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Polarización

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Andrés Hoyos
19 de noviembre de 2008 - 01:02 p. m.
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EN 2002, ÁLVARO URIBE GANÓ LAS elecciones en primera vuelta y recibió un mandato contundente: debía acabar con las Farc que amenazaban con descuartizar el país.

El mandato traía implícito un corolario obvio: como no es posible ganar dos guerras a la vez, había que llegar a algún tipo de acuerdo con el paramilitarismo. Hasta ahí la cosa me parece clara y de incuestionable estirpe democrática. Este mandato es, aún hoy, la base de la popularidad del Presidente.

La polarización que en seguida surgió era, a mi modo de ver, inevitable. Si uno quiere darle el vuelco a una situación militar compleja, necesita energizar a la gente, pues el desgano sólo sirve para perder las guerras. Asimismo, quien está en guerra puede, y a veces debe, privilegiar a los amigos de su política.

Por el camino las cosas se complicaron. Un primer obstáculo fue que bajo la sombrilla de la amistad con el Gobierno se empezó a guarecer demasiada gente, sobre todo políticos importantes que habían hecho pactos criminales con los paramilitares, así como agentes de seguridad del Estado dispuestos a ejecutar o perdonar políticas atroces con tal de afectar al enemigo. La definición de enemigo pronto se amplió peligrosamente. ¿Hubiera sido mucho pedir que se cerrara, tan pronto como fuera posible, esta sombrilla perniciosa? No hay respuesta, salvo para decir que permaneció abierta mucho más tiempo del deseable.

Los opositores del Gobierno, minoritarios pero ruidosos, con frecuencia han sido injustos, sobre todo porque sacaron a relucir armas y argumentos que dejaron entre el tintero en situaciones peores durante los dos gobiernos precedentes, de talante catastrófico. Tomemos apenas el caso de Yidis Medina. A mí no me cabe la menor duda de que, como aseguran sotto voce los gobiernistas, en el pasado se compró el voto parlamentario mil veces con privilegios. ¿Alguien pone en duda, por ejemplo, que el gobierno de Samper logró la absolución del presidente con dádivas? Yo no, así la grabación reina no haya quedado flotando por ahí. El argumento gobiernista se cae, sin embargo, cuando uno piensa que lo tradicional de una práctica espuria no la hace legítima. Antes al contrario, cada vez obliga más a combatirla.

Debo decir, entonces, que las intervenciones de los Coronell y las Claudia López, para mencionar apenas a dos furibundos antiuribistas entre muchos, han desempeñado un papel fundamental a la hora de poner coto a los claros excesos del régimen y al cortar las alas a proyectos muy peligrosos. Mencionemos apenas el más importante: la segunda reelección, que tras la yidispolítica se ha vuelto casi imposible de comprar en el viejo mercado persa del Congreso.

A mí me extraña que un hombre astuto como Uribe haya sido incapaz de desmontarse de la polarización, cuando ésta cesó de servirle y pasó a hacerle daño. Quizás él mismo se creyó el cuento borbónico de que “el Estado soy yo”, quizás los áulicos terminaron por envenenarle el desbocado corazón. Sea de ello lo que fuere, el desenlace no se anuncia malo. Las políticas de la vista gorda y del exceso están en retirada, y lo más probable es que el 7 de agosto de 2010 Álvaro Uribe entregue el poder a una persona mucho menos belicosa y polarizante que él. El trabajo del presidente entrante no será fácil, pero al menos ya no tendrá que lidiar con una guerrilla envalentonada que tiene sitiada a la capital, como sucedía en 2002. Eso, al  menos, se lo debe a Uribe.

andreshoyos@elmalpensante.com

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