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Por las mañanas, cuando me asomo al espejo, la palabra que se me viene a la mente no es “ingenuo”. Al menos en mi opinión, no lo soy. Sin embargo, hay un grupo prestante e influyente –callemos los nombres– que me señala como tal. Así que exploremos el asunto.
Según ellos, Colombia va hacia un desfiladero peligroso en el año que le queda al gobierno. Yo, que nunca he sido petrista, no veo venir tal catástrofe, tan solo una época de fuerte agitación, que no siempre deja consecuencias irreparables. Mis amigos sí las prevén. Dicen que se van a repetir las confrontaciones de 2021, de repente agudizadas. Es cierto que esos zafarranchos fueron centrales para que Petro ganara las elecciones, sumado al infortunio de que la alternativa era Rodolfo Hernández, un incompetente en toda la línea. No obstante, el presidente entonces era Iván Duque, hoy es el propio Petro, a quien por esa razón le caería encima la mayor parte del agua sucia. No existe una vía constitucional para que esta vez sea candidato, aparte de que arrastra tras de sí el claro fracaso de su gobierno. ¿Entonces quién? Repasemos las alternativas de ese cuadrante del espectro político: Gustavo Bolívar –quien salió por la puerta de atrás, lo que podría traer problemas al Pacto Histórico–, Roy Barreras, Carlos Amaya, María José Pizarro, para mencionar apenas a los más nombrados. Cualquiera de ellos, de creerles algo a las encuestas, si quiere llegar a la segunda vuelta la tiene muy cuesta arriba, sin hablar de la extrema dificultad de ganarla. No se nos puede olvidar que los estertores y estremecimientos que vienen pueden ser muy pesados, pero lo definitivo es quién asumirá la presidencia el 7 de agosto de 2026. Yo sigo con la esperanza de que sea una persona honesta y equilibrada de centro, es decir, no extremista, como Sergio Fajardo. De más está decir que este buen amigo no tiene todavía nada ganado.
La cháchara a la que recurre Petro ya está clara. Es que no me dejan. Dado que los vaivenes de la popularidad son claves, hasta tal vez suceda que le aprueben la tal Consulta Popular, sobre todo porque nadie quiere cargar con el bacalao de hundirla. Digamos, entonces, que en noviembre de este año se realiza la votación. Las encuestas previas dirán cómo podemos actuar los votantes. Si están apretadas, es viable abstenerse y así evitar que se llegue a la cifra de 13,6 millones de votos sin la cual el asunto se cae. Pero si las encuestas favorecen al no, entonces uno vota no y el gobierno pierde. Sugieren mis contradictores que para Petro lo esencial es hacerse contar y que hasta podría deslizar por ahí una trampa reeleccionista. Yo lo veo muy difícil, además de que ganar con ese pecado a bordo sería aún más improbable. Mi actitud, que a algunos les parece ingenua, es que en materias semejantes aplica eso de ver para creer. Mientras no pase lo descrito, pues no ha pasado nada irreparable y seguimos en las que veníamos, con más o menos vidrios rotos en las calles.
Uno de los argumentos centrales de mis contradictores es que la gente no va a reaccionar contra la violencia y los desmanes del petrismo radical. ¿Y por qué no, porque hasta ahora han dejado pasar algunos? Sí, hay mucha gente asustada si bien el temor suele encontrar salidas. Dependiendo de la constancia e intensidad de los desafueros petristas, ya veremos si las mayorías –porque lo son, con claridad– tragan entero. En el pasado se han visto reacciones eficaces muy distintas. De más está decir que eso depende de la gente. ¿No les importa llegar a un desastre tipo chavista? Pues que permanezcan pasivos y mansitos.
