De manera más o menos inesperada, 2026 se está convirtiendo en un año esperanzador para los demócratas del mundo.
A Trump le aplica un viejo dicho: nadie sabe para quién trabaja. A él la democracia en Venezuela, Estados Unidos o el mundo le importa un bledo. Sin embargo, al tomar preso a Nicolás Maduro por asalto –desde luego que mediante un procedimiento discutible según el sesgado derecho internacional– se removió el obstáculo que desde hace 20 años tenía congelado al país vecino en el terror. Me dirán que el panorama todavía no está despejado, y claro que no lo está, pues apenas han liberado a unos pocos presos mientras subsiste la represión, pero Maduro era sin discusión el símbolo que unificaba la dictadura y eso implica que ahora la evolución democrática, más lenta o más rápida según se vayan dando las cosas, es indetenible. Quedan libres personajes siniestros como Diosdado Cabello, para no hablar de la dizque presidenta Delcy Rodríguez y su hermano, de prontuarios temibles. Según eso, para una salida democrática se pueden requerir un par de hervores más. Y así Trump no sea para nada un exportador de democracia, a Estados Unidos le queda muy cuesta arriba no celebrar elecciones en, digamos, los próximos dos años, a menos que antes reconozcan al legítimo presidente Edmundo González Urrutia, a quien el régimen asaltó en descampado. Por supuesto que en unas nuevas elecciones María Corina Machado ganaría por barrida y ahí sí sería imposible negarle la presidencia. En fin, ya esperaron un cuarto de siglo, pueden esperar unos meses más mientras el panorama se aclara.
A medio mundo de distancia, tambalea la dictadura teocrática en Irán, que ya lleva la bobadita de 48 años, o sea, más de media vida de cualquier persona. Allá opera una fétida alianza entre los militares, que han venido ejerciendo la represión sin límites, y líderes islamistas radicales, conocidos como ayatolás. Ha dado la vuelta al mundo el video de una atractiva joven iraní que enciende su cigarrillo con el trozo de una foto en llamas de Alí Jamenei, el jefe religioso del tinglado. Esa foto podría costarle la vida. Lo otro son las muchas mujeres que están quemando su hijab. Desde lejos, se ve problemático recurrir a la familia real Pahlaví. Si es apenas un escalón en el camino a la democracia, vaya y venga, pero resulta imposible que en pleno siglo XXI se regrese a las monarquías de familia. Me dirán que los hijos del Sha sirven para tumbar el régimen, a lo que respondería que no sé. Es decir, la caída de los ayatolas todavía puede tomar unos meses. De cualquier modo, la cosa no va a seguir igual.
Un último lugar del que vienen noticias aceptables es Ucrania, pese a que faltan misiles Taurus porque sus fabricantes alemanes no tienen los huevos suficientes para aportarlos. Pronto se cumplirán cuatro años de la invasión y el ejército ruso nada que avanza; incluso sufre retrocesos. Uno se atrevería a apostar que en 2026 hay claras posibilidades, aunque no certeza, de que el martirizado país de Europa Central tenga una salida digna y el sátrapa Putin se vea obligado a ceder. Un día u otro, Rusia entenderá que es imposible seguir con el ritmo de pérdidas que a veces llega a mil soldados por día.
La izquierda woke del mundo, a la que hoy se suman de forma increíble medios de tradición liberal como el comité editorial del New York Times y la BBC, no parece notar que algo trascendental está aconteciendo. En fin, ya lleva bastante tiempo despistada.