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Esta semana vino a mi casa/oficina un muchacho joven, de aire dinámico. ¿Qué lo traía? Venía a revisar el calentador de paso que había cesado de funcionar. Puso su caja de herramientas en el piso, abrió el aparato, y en menos de una hora lo dejó al pelo, alzándose con 80 mil pesos (20 dólares al cambio actual). No, rico lo que se dice rico el muchacho no se va a volver, pero vaya que se gana bien la vida.
El ideario reinante –por no decir que la ideología– postula que si un bachiller no estudia una carrera universitaria, su perspectiva de vida no vale la pena, sin tomar en cuenta que los títulos a veces desembocan en profesiones superpobladas en las que es difícil salir adelante, sobre todo al comienzo. En cambio, ¿quién no tiene en su casa un televisor, una estufa eléctrica, una nevera, un calentador de gas o eléctrico, una freidora, un horno, un aire acondicionado, incluso una red de computadores? Para todo lo anterior necesitará técnicos con mucha frecuencia.
La división social del trabajo en algunos de los países más exitosos del mundo privilegia de forma relativa a los técnicos, sin por ello dejar de formar una minoría de programadores, abogados, economistas, médicos o científicos nucleares. Y ojo con la palabra “minoría”, pues las políticas educativas también deben atender a las necesidades de las mayorías.
Todos los sectores de alta tecnología aseguran que están eliminando puestos de trabajo sin decir que también generan necesidades de instalación y mantenimiento que hasta ahora no las pueden realizar robots, o al menos no solo robots. En fin, esa idea de una sociedad donde las máquinas lo hacen todo es una ilusión remota de la que no se ve ni rastro hoy. Lo que al menos yo veo es que cada novedad trae problemas no resueltos que por una vía u otra deben ser resueltos por robots de carne y hueso, con nombre y apellido.
Vamos a un ejemplo práctico que quizá en unos años se solucione mejor. Las cajas de Carulla sin cajero, una vez sí y la otra también se traban por culpa del usuario o de ellas mismas, y necesitan que venga alguien a enderezar las cosas. Más adelante a lo mejor funcionen mejor, pero por ahora la mitad de los puestos que les han ahorrado a los supermercados los tienen que suplir unos supernumerarios que de repente están hasta mejor pagados que un cajero. De otro lado, saber dónde están las cosas en Carulla es un lío. Una vez más, a preguntarle a una persona.
La conclusión más acertada que he oído por ahí dice que los softwares y los robots sirven más que todo cuando ayudan a personas que operan sistemas complejos y que las labores mecánicas, aburridoras y repetitivas que pueden realizar los robots sin ayuda son las menos. Yo no veo ni en las curvas que los aviones o los camiones vayan a ir por el mundo sin pilotos. Es preferible que vayan, como hoy, en manos de pilotos con grandes ayudas de navegación.
Y vaya que la intercomunicación entre los sistemas cibernéticos presenta problemas mayúsculos. No se entienden, como si un mongol tratara de comunicarse con un guajiro. ¿Quién debe resolver el enredo? Apuesto que son personas, no la rígida inteligencia artificial. Lo que sí pasa es que el protagonismo de esta última es vistoso cuando se da. Pero al menos en la vida diaria de uno, tiene un efecto muy limitado. ¿Qué en 2100 será distinto? De seguro sí, aunque ya uno no andará dando vueltas por aquí.
