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Vapores inexplicables

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La foto satelital del Océano Pacífico, cuyo espectro cromático va del rojo punzó para el calor inesperado al azul oscuro para el frío, es inconfundible y muestra una herida caliente en el planeta, que comienza leve en Indonesia y llega como un torrente ardiente al centro del Perú. Es lo que se conoce con el nombre de la Corriente del Niño, así llamada por su intensificación hacia los meses de diciembre, cuando se presume que hace dos mil años nació el niño Jesús.

Entre los efectos principales que esto trae destaquemos el incremento de las temperaturas atmosféricas, el riesgo de olas de calor, las sequías en ciertas regiones y las lluvias intensas o inundaciones en otras zonas de América Latina y el mundo. Lo que se sabe con menos exactitud es dónde pasará qué. Por ejemplo, en Colombia deberíamos padecer hoy una intensa sequía y no es lo que se ve, al menos no en todo el país. Nuestros embalses se encuentran alrededor del 74,9 % de su capacidad a octubre de 2026, o sea que no se están secando al mismo ritmo. El balance general de todos modos es aceptable. El sistema de Chingaza, que provee el grueso del agua a Bogotá, está en 92 % de su capacidad (con variaciones recientes), lo que más o menos garantiza que no habrá los anunciados y temidos racionamientos de agua, como sí los hubo en 1992.

Mucho nos han repetido las agencias de noticias que el fenómeno del Niño este año podría ser el más fuerte de los últimos 50 años y eso porque antes las mediciones eran menos confiables. Cabe pues poca duda del aumento de las temperaturas planetarias en muchas partes, según se han medido este año. Lo que no me explico es por qué ha estado lloviendo a niveles casi normales en las zonas andinas colombianas, con tal cual sequía sectorial. Se han visto incendios, sí, aunque el fuego ha amainado en el último mes debido a las muchas lluvias.

Colombia –palo porque llueve, palo porque no llueve– es un país de aguas, o sea de vapores, imposibles. El agua es a un tiempo nuestra gran riqueza y en últimas el símbolo de nuestra baja autoestima, de nuestros complejos. No podemos con ella; no sabemos usarla. Un ejemplo son los pequeños embalses. Tengo entendido que en China se cuentan por miles; aquí bastan los dedos de la mano. Este, que es quizá el principal recurso natural renovable del país, nos produce pánico. Los acuíferos subterráneos, un recurso de emergencia evidente, están en extremo subexplotados en Colombia. Ni siquiera se sabe bien cuáles ofrecen más agua y de qué manera se conectan en el subsuelo. La circulación subterránea parece ser más que todo local. Por lo mismo, permite un uso amplio aunque limitado, de emergencia, pero en la mayor parte del país dicho uso está prohibido, vaya uno a saber por qué.

Según lo anterior, los efectos del reciente terremoto fueron más dramáticos y costosos que los que hasta ahora ha ocasionado El Niño. De ahí que debamos dejar la histeria y proceder desde ya e intervenir con fuerza y constancia en el uso del agua del país. Se deben instalar sanitarios y duchas más eficientes. Se debe proceder a la revisión de las tuberías que tienen muchas fugas. Dado que las represas grandes son demoradas de construir y tienen opositores “ambientales” muy irracionales, el proceso de planearlas tiene que empezar de inmediato, y los ciudadanos sensatos debemos apoyar la mayoría de los proyectos, en el entendido de que no existe nada con un costo ambiental cero. Claro que las inundaciones y las sequías tampoco tienen un costo ambiental cero. Lejos de.

andreshoyos@elmalpensante.com

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