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Virulencia BIS

Andrés Hoyos

28 de octubre de 2008 - 09:12 p. m.

COMO A RAÍZ DE “VIRULENCIA”, MI última columna, en vez de dos correos insultantes recibí siete, insisto por tercera y última vez sobre lo mismo. Me guía un pequeño principio personal: si el manoteo y la gritería te callan, vas mal.

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La violencia que hemos padecido aquí no ha sido ni de izquierda ni de derecha, ha sido de ambas. La derecha, sin embargo, con excepción de la más extrema que sigue apostándole al paramilitarismo, ha venido resolviendo su problema con el fortalecimiento del Ejército, es decir, con el fortalecimiento del Estado según un modelo de sesgo militarista, liderado por Uribe, sí, pero obviamente cortesía de Cano, Jojoy & Compañía.

Mi tema, no obstante, es la relación de la izquierda y de los movimientos sociales con la violencia. Comparaba yo esta relación con el alcoholismo, digamos con una vieja adicción al ron marca Pol Pot, adicción que no se cura sabiendo que el vecino también se emborracha como un cochero mientras oye a todo volumen los discursos de Mussolini; se cura dejando ese ron, así el vecino siga con sus discos.

Tomemos por único caso la reciente minga indígena. Al comienzo bloquearon la carretera Panamericana y se trenzaron en una batalla campal con el Ejército, usando machetes y explosivos, por lo menos. Hubo muertos y heridos, es decir, hubo violencia y virulencia. Luego dejaron eso y organizaron una marcha, hasta ahora pacífica, exitosa y masiva. Por lo visto, entre los indígenas también hay extremistas y moderados.

Insisto en algo que mis corresponsales no sólo no refutan, sino que ni siquiera mencionan: que al no encarar su propia tradición de violencia, la izquierda se impide a sí misma pensar con claridad sobre el futuro. Citaba, como un ejemplo notorio entre decenas posibles, el tema de los impuestos. Es un descubrimiento muy viejo que la forma más eficaz de redistribuir el ingreso en una sociedad es gravar a quien gana mucho para ayudar a progresar a quien gana poco. En todo el mundo la izquierda se identifica por su tendencia a subir o sostener los impuestos, a veces en niveles exagerados. Hay más elementos, claro, pero ése es indispensable; tan es así, que quien en Europa se declare enemigo de los impuestos, será de inmediato clasificado en la derecha, grite lo que grite.

Reitero entonces que hay un contrasentido en no avergonzarse de la tradición de violencia, pero sí avergonzarse de los impuestos. Y será peor aún si la vergüenza involucra a los impuestos progresivos. Cuando se cobra un impuesto a la gasolina, el rico del Mercedes paga por lo menos veinte veces más por kilómetro recorrido que el pobre que se moviliza en bus. ¿Es justo, y sobre todo, es de izquierda, rebajar este impuesto? Para mí no; para el senador Robledo sí. Yo agregaría que el senador no ha pensado a fondo el tema por estar obnubilado con teorías caducas.

En fin, si se necesitaba una prueba reina de que el tema de la violencia ofusca e impide pensar a muchos en la izquierda, tomemos por caso estas columnas. Apenas menciono el asunto, mis corresponsales se ponen energúmenos y me insultan. En el proceso, dejan de pensar. Queda, pues, demostrado que la tradición de violencia les impide pensar.

Agradezco de todo corazón al único que me llamó algo parecido a comunista. Ése es todavía peor lector que los demás. Aunque ahora me siento cómodo en el centro de la política, yo sí estuve en la izquierda, sólo que siempre fui alérgico al ron marca Pol Pot.

andreshoyos@elmalpensante.com

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