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La sensación de frustración después del empate del jueves es evidente. A pesar de que al fin y al cabo no se pierde contra un rival fuerte como la celeste, queda un mal sabor por lo que se desperdició en el segundo tiempo y por la bendita costumbre de cometer errores determinantes en los momentos clave de los partidos.
Así como los uruguayos, argentinos y brasileños aprovechan la duda del contrincante para capitalizar, nosotros, desde que tengo uso de razón, somos especialistas en demostrar que no tenemos la capacidad necesaria para no entregar ese tipo de ventajas.
Colombia sigue presa del nerviosismo y eso se notó desde el primer instante del encuentro. La cantidad de pases mal entregados en los 20 minutos iniciales fue vergonzoso, ese hecho jamás te va a permitir tener un desarrollo de juego tranquilo.
Uno puede mejorar, como de hecho pasó en la segunda parte, pero de un comienzo errático es poco probable que no se tengan consecuencias al final, como de hecho ocurrió.
La zona de contención, que sufrió cinco cambios con respecto a la fecha anterior, sigue siendo un mar de inconsistencias y malas decisiones. No se recupera un balón limpio, nos atacan por fuera y por dentro y sacamos al arquero figura por costumbre.
En esa primera etapa Barrios volvió por sus fueros y no atinó a quitar ni a lograr un pase completo para contribuir con la construcción. Salvo en el gol de James, los laterales tampoco supieron ser útiles y confiables. A partir de la anotación, como corresponde a la debilidad mental que nos caracteriza, empezamos a ganar confianza y se termina mejor antes del descanso.
Vuelven las acciones y nos empatan con el mismo gol de toda la vida, por arriba, en un tiro de esquina, pero se logra ponerse arriba rápido una vez más y los dirigidos por Bielsa empezaron a sufrir los rigores del clima y la Selección a encontrar espacios.
El mejor de la cancha, James Rodríguez, estaba clarito, e impulsó un ataque que pudo haber sepultado las acciones, pero que no fue efectivo suficientemente.
El zurdo, en una jugada compleja, estrelló la pelota en el palo de Mele enviada con su pierna menos hábil, y habilitó a John Arias, quien la picó y no entró gracias al travesaño.
Pero la más clara la tuvo Luis Díaz en una contra que en el Liverpool jamás falla. Ellos nos llegaron en todo el compromiso, sobre todo en los primeros 45, pero ya estaban liquidados física y mentalmente y no aprovechamos.
Para terminar, la distracción de siempre en el minuto 90 les regaló el empate. Ni Wilmar ni Frank aprendieron en Boca a pararse frente a la pelota para impedir un cobro que nos daba aire para regresar y Núñez aprovechó. Camilo fue imprudente y llegó el 2-2.
Pasan los años y seguimos siendo igualitos en nuestras desgracias. ¿Dónde está la viveza, la conciencia colectiva para aguantar un resultado, el sentido común? No lo sabemos y no alcanza todavía para alimentar una ilusión sólida. Sigue Ecuador.
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