Hoy, cuando estamos casi a una semana de la muerte de O Rei, ustedes deben haber leído muchos escritos en su honor. Cada uno de sus autores contando probablemente lo que para ellos fue y vivieron de la majestad de su balompié. Les voy a contar, si me permiten unos minutos, lo que para mí fue el más completo jugador de todos los tiempos.
A mi generación, nacida hace más de 50 años, le correspondió verlo poco en acción. Su época en el Cosmos de Nueva York junto a Franz Beckenbauer y Giorgio Chinaglia, que nos llegaba generalmente en diferido, y sus despedidas. Después disfrutamos de Fuga a la victoria, la película al lado de Sylvester Stallone, Bobby Charlton y Osvaldo Ardiles. No alcanzamos a México 1970, porque nacimos ese año, pero son tantos los documentos de ese evento que prácticamente fuimos espectadores de lo que para muchos fue la mejor versión de la verdeamarela.
Nació en Tres Corazones, en Minas Gerais. Solo jugó para un equipo en Brasil, el Santos, antes de su paso final a los Estados Unidos. Se casó tres veces, tricampeón con el Scratch, imagen de una tarjeta de crédito y una gaseosa que hizo muy famosas con su cara.
Tenía entrada en todo el planeta con una serie de televisión en la que se despedía con su frase favorita: “Con mucho amor”. Trataba de no meterse en política y mantenerse fuera de líos, aunque tuvo algunos inconvenientes con sus esposas. Fue el campeón mundial más joven, con 17 años en Suecia 58. No quiso jugar más Copas del Mundo desde los 29 años y fue el inventor de muchas de las jugadas y los movimientos que todavía los más habilidosos intentan en la cancha.
Puso de moda la camiseta número 10 para el mejor del equipo. Le pegaba igual con ambos perfiles a la pelota y fue un gran cabeceador. Era encarador, asistidor, potente, rápido, extremadamente inteligente y dueño de la mejor visión periférica.
Cuando recibía el balón ya sabía dónde ponerlo, pasarlo o gambetear. No voy a entrar en la estéril discusión del más grande de la historia, pero Edson Arantes do Nascimento, bautizado así por su padre en honor a Thomas Alva Edison, fue único, porque simplemente vino con todo incluido.
Yo era muy chico y no pude ir a su visita a Bucaramanga, en octubre de 1975, pero mi tío Marino me regaló un balón firmado por el crack que tuve por muchos años guardado, y con el que dormí muchas veces abrazado. Por él empezamos a amar este deporte maravilloso, todos quisimos en algún momento imitarlo y no podemos más que agradecerle. Y eso hice aquella tarde de julio de 2014 en un hotel de Copacabana donde nos cruzamos y le pedí una de las fotos más importantes de mi vida.
Me dejó expresarle en ese corto pero sublime encuentro toda esa gratitud en nombre quizá de usted también, estimado lector, y la recibió con esa portentosa sonrisa amable que nunca desapareció de su cara desde que tenemos uso de razón y con la que se fue a la galería eterna de las estrellas.
Gracias Pelezinho querido.